El disfraz de la apariencia



El motivo de las fotografías que, a partir de hoy, expone Gustavo Ten en el restaurante Al Pomodoro, coincidiendo con la Valencia Disseny Week, es la desconfianza que inspira la apariencia. Héctor está representado por un disfraz de león que deambula por escenarios cotidianos donde deja un rastro de emociones…

El disfraz de la apariencia

El motivo de las fotografías que, a partir de hoy, expone Gustavo Ten en el restaurante Al Pomodoro, coincidiendo con la Valencia Disseny Week, es la desconfianza que inspira la apariencia. Héctor está representado por un disfraz de león que deambula por escenarios cotidianos donde deja un rastro de emociones que lleva a cuestionarnos la realidad.

Todos tenemos otra dimensión, otro yo que nos acompaña, latente. La imagen que proyectamos actúa como un disfraz, que se parecerá más o menos a nosotros. Un disfraz que oculta nuestros pensamientos más íntimos a los ojos de los demás. Todos salimos a la calle con máscaras porque todos los días es carnaval y casi siempre interesa esconder algo de nosotros mismos.

El Héctor fotografiado (creado) por Gustavo Ten se mueve entre la apariencia y la realidad, entre lo que es y lo que podría llegar a ser. Deambula por diversos espacios cotidianos en busca de su identidad. A veces sale de esa cotidianidad para llenar las butacas de un teatro vacío convirtiendo esa instantánea en una metáfora sobre los lindes de la realidad. Porque no se sabe si Héctor es espectador o protagonista, si observa o es observado, si el disfraz le viste a él o si es un ser que vaga por un escenario irreal. Héctor cuestiona la normalidad y la realidad mientras se cuestiona a sí mismo.

En algunas fotografías da la impresión de que Héctor se mueve como un fantasma, que espera a los pies de la cama de un niño y motiva sus pesadillas, dudas y deseos infantiles. La fotografía que captura a Héctor retratado por un niño en un dibujo confirmaría la afirmación previa si no fuera porque es la única vez que vemos la imagen de Héctor a través de los ojos de aquellos que comparten su mundo, su cotidianidad. Para nosotros y para los habitantes de este trabajo de ficción fotográfica, Héctor viste piel de león.

En otras imágenes, son los otros los que se mueven como fantasmas en el mundo de Héctor. Lo vemos mirando de soslayo un espejo que refleja, al fondo, la imagen de un niño cabizbajo apoyado en una bañera. Aquí es la imagen del niño la que cataliza los temores y las dudas de Héctor. Gustavo Ten cambia la mirada a través del enfoque y, con ello, dota de ambigüedad a Héctor y al mundo que le rodea. Esto da pie a preguntarse quién está dentro y quién fuera de ese mundo y de ese disfraz.

En los habitantes de las fotografías existe Héctor. No sólo es un símbolo, un yo latente, un monstruo encerrado en cada uno de nosotros. Es también (quizá sólo es esto) una persona corriente que disfruta de las aficiones de la mayoría, como el fútbol, que necesita que le acaricien o que deja pelos en las sábanas. Esos pelos revelan la humanidad de Héctor. Si apartamos esa foto del resto de la serie, podríamos confundirlos con pelos humanos. No son tan diferentes. Los pelos que quedan en las sábanas después de levantarse constituyen una buena metáfora del paso del tiempo: restos que pasarán pronto a formar parte del polvo. Es díficil saber si Héctor es un humano con un disfraz o un mostruo humanizado, como el Frankenstein de Mary Shelley o los replicantes de Blade Runner.

Gustavo Ten coincide con los personajes de Diane Arbus en presentar un ser extraño, aislado pero, al contrario que los retratados por la fotógrafa americana, Héctor no es un ser mecánico. En Arbus no hay compasión, en Ten sí. Arbus cree que la cámara fotografía lo desconocido. Ten busca lo cotidiano para analizar conceptos como la identidad y la alteridad. Y lo hace fotografiando un disfraz que siente, que se emociona y sufre. Un reto complejo que recuerda las palabras de Susan Sontag en Sobre la fotografía: “Uno de los éxitos perennes de la fotografía ha sido su estrategia de transformar los seres humanos en cosas, cosas en seres humanos”.

Sontag también dijo que “fotografiar es esencialmente un acto de no intervención”, lo que contrasta con el experimento fotográfico de Gustavo Ten, quien se adentra de forma inevitable en este viejo debate. No obstante, la escritora neoyorquina conocía lo tramposas que pueden ser las apariencias. “La fotografía implica que sabemos algo del mundo si lo aceptamos tal como la cámara lo registra. Pero esto es lo opuesto a la comprensión, que empieza cuando no se acepta el mundo por su apariencia”.

Al contrario que los disfraces y las máscaras, estas imágenes no pretenden falsear la realidad, sino descubrir. ¿Cómo? A través de unas fotografías que reflexionan y cuestionan la apariencia, la normalidad y la humanidad. Y esto, dicho sea de paso, está más cerca de la comprensión que la fotografía entendida únicamente como un acto de no intervención.