El trastorno como genialidad literaria

El psiquiatra Jaques Lacan diferenciaba el empuje psicótico de la locura. A efectos prácticos, lo cierto es que en el arte estos matices son indistintos. El profesor de psicología Jordan B. Peterson, de la Universidad de Toronto, ha elaborado un estudio que aborda la comunión entre los desórdenes y la…

El trastorno como genialidad literaria

El psiquiatra Jaques Lacan diferenciaba el empuje psicótico de la locura. A efectos prácticos, lo cierto es que en el arte estos matices son indistintos. El profesor de psicología Jordan B. Peterson, de la Universidad de Toronto, ha elaborado un estudio que aborda la comunión entre los desórdenes y la elaboración de un arte vivo.

¿Crea distinto el cerebro distinto? Socializar es homogeneizarse y algunos de los mejores, en cambio, cayeron al abismo bien por fuerza (su ritmo cerebral se lo ordenaba), bien por sulfúricos, por ser seres de azufre y esencia byroniana. Cualquiera puede ser la disciplina donde demostrarlo pero la definición de historia nos habla del documento escrito. En páginas, han sido tantos los que, queriendo ver qué hay dentro del espejo, fueron masticando peyote mental para, en los últimos días de vida, dejar la huella de una carcajada.

Gérard de Nerval. Foto: Félix Nadar.

Gérard de Nerval. Foto: Félix Nadar.

Según apunta el ‘Manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales’, publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría, las características principales de estos cuadros clínicos “son las fluctuaciones anímicas con fases maníacas y depresivas (…), con contenidos de pensamiento depresivo o grandioso”. Un comentario para este pensamiento ya lo aportó Aristóteles: “Los hombres de genio, los grandes creadores, ¿no se encuentran precisamente entre los depresivos y los melancólicos?”.

Alain Robbe-Grillet, principal animador del movimiento literario Nouveau Roman, recomendaba siglos después: «Si quieren estar tranquilos y con las cosas claras, lean a Balzac”. En el cementerio de Père-Lachaise, en París, descansa el autor de ‘Piel de Zapa’. Enfrentando su tumba, se encuentra la de Gerard de Nerval (1808-1855); es más, en ese pasillo, o se tributa a Balzac o, por el contrario, se le da la espalda a favor del malditismo. Lo mismo que Rimbaud, Nerval podría acuñar el verso ‘Vemos maravillas que mucho me pasman’. Peregrinó a Oriente y al norte de África, ya aquejado de graves trastornos nerviosos, esquizofrenia, sonambulismo y bipolaridad; antes de colgarse de una de las farolas de la ciudad de las luces, la lectura de tratados sobre magia, cábala y ocultismo, le llevaron a pasear, con correa, una langosta.

Alejandro Dumas (padre), ya dijo sobre él: «… de vez en cuando, si un trabajo cualquiera le ha preocupado en demasía, la imaginación, esa loca de la casa, expulsa momentáneamente a la razón, que no es más que la dueña, y entonces aquella se queda sola, omnipotente en aquel cerebro alimentado de sueños y alucinaciones …».

Copia fotográfica del retrato de Edgar Allan Poe pintado por Oscar Halling.

Copia fotográfica del retrato de Edgar Allan Poe pintado por Oscar Halling.

Más conocido pueda ser el caso de Edgar Allan Poe (1809-1849), a quien por última vez se le vio harapiento, sin llegar a gastar en alcohol las últimas monedas que recibió de la caridad (“aquellos que sueñan de día son conocedores de muchas cosas que se les escapan a los que únicamente sueñan de noche”), o el de Guy de Maupassant (1850-1893), a quien su locura o “inquilino negro” consiguió ganarle la batalla en 1887, brindándole unos últimos días repletos de alucinaciones, obsesión por la enfermedad y los microbios.

Contemporáneo de Nerval, el nombre de Friedrich Hölderlin (1770-1843) debe añadirse a la lista. Hörderlin pasó sus últimos 37 años en la casa de un carpintero. Wilhelm Waiblinger, autor del ensayo ‘Vida, Poesía y Locura de Hölderlin’, asegura que fue la admiración a su obra ‘Hiperión’, la que condujo al ebanista a acogerlo en su casa después de ser declarado enfermo incurable en 1807. Sus síntomas “eran una gran agitación motora, largos paseos sin rumbo, escasa orientación espacio-temporal, frecuentes accesos de ira y, sobre todo, una incontrolable e ininteligible verborrea (probablemente, indicativos de una esquizofrenia catatónica)”. Fechó muchos de sus ‘Poemas de la locura’ antes de su nacimiento y después de su muerte, rubricándolos como Scardanelli o Salvatore Rosa. Si una visita le incomodaba, le era suficiente asegurar que su majestad le mandaba llamar.

Friedrich Nietzsche. Foto: Gustav Adolf Schultze.

Friedrich Nietzsche. Foto: Gustav Adolf Schultze.

También durante el siglo XIX, otro alemán, Richard Wagner, acuñó el término ‘Gesamtkunswerk’ para referirse a la obra de arte total. Algunos de sus contemporáneos, como Friedrich Nietzche (1844-1900), decidieron entender el término en su máxima acepción y se responsabilizaron de llevarlo a cabo. ¿Cómo? Reescribiendo, o pretendiendo reescribir el mundo. El misticismo/iluminismo de Nietzche quiso alejarse de la fe, articulando una convicción que partiera y finalizara en el hombre. En sus obras el propósito es excesivo; su esfuerzo por lograr crear una nueva moral (logrado), lo escarmentó postrándole en cama sus últimos años. Una de sus hermanas, Elizabeth, se encargó de cuidarlo permitiendo que los curiosos lo visitaran. Mientras su Zoroastro se encargaba de asesinar a Dios, al tiempo reflexionaba diciendo: «¿Quién borrará esa mancha de sangre? ¿Qué agua servirá para purificarnos? […] La enormidad de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros?”.

Las últimas instantáneas de Nietzche lo muestran en cama, su estrabismo parece que mira hacia lo expirado. La visión del filósofo no está en la realidad. Quien compartió con él la panorámica quiso saber, como él, también quebrándose, qué está durmiendo dentro del espejo. Hablamos de Antonin Artaud (1896-1948). Su compañero de movimiento, Andre Breton, aseguró que, entre los surrealistas, él fue el único que se atrevió a cruzar al otro lado del espejo. Entre sus obras, se encuentra un epistolario (‘Cartas desde Rodez’) en las que Artaud mantiene comunicaciones con su psiquiatra, el Dr. Ferdière. Arrestaron a Artaud en 1937, cuando quiso devolver el báculo de San Patricio a los irlandeses. Lo que para él era profecía (lo mismo que Rimbaud encontró la hoja de Abisinia), se tradujo en su deportación a París y el inicio del tratamiento con electrochoques.

Pese a escaparse nombres relevantes, los incluidos en esta reunión compartieron la exigencia del arte: entender la creación como la aparición de lo que antes no existía. Quizá sea en ese plano donde el hombre y el dios quedan más próximos.