¿A qué suena la horchata?

Mi hermano, Jorge García Palomo, se ha convertido en el Explorador de Sonidos de la compañía Allianz Global Assistance. Una propuesta que me cuenta en confianza durante su paso por Valencia. Hay cosas peores que un plantón de varias horas esperando a un político. O que una manifestación de naturistas…

¿A qué suena la horchata?

Mi hermano, Jorge García Palomo, se ha convertido en el Explorador de Sonidos de la compañía Allianz Global Assistance. Una propuesta que me cuenta en confianza durante su paso por Valencia.

Jorge García Palomo es el Explorador de Sonidos. Foto: Alberto G. Palomo.

Jorge García Palomo es el Explorador de Sonidos. Foto: Alberto G. Palomo.

Hay cosas peores que un plantón de varias horas esperando a un político. O que una manifestación de naturistas cabreados bajo un sol de 40 grados. Ambas cosas las he hecho con cierto agrado en mi corta trayectoria como periodista (bueno, lo de los nudistas enfurecidos no, pero casi). También, dentro de entre oficio lleno de tiempos muertos, he fantaseado con futuros reportajes de investigación o entrevistas revolucionarias.

Recuerdo, por ejemplo, aquel día en el Ayuntamiento de Valencia que me imaginaba en una crónica sobre el mundo del porno, empeñado en llevar el gonzo hasta el último suspiro. O aquel sueño pasajero que me remitía a un plató de televisión en silencio y una palabra (“Barcenas”, por darle actualidad) rompiendo el consecuente llanto de un presidente de gobierno que presentaba su dimisión al día siguiente. ¿Y quién no se ha imaginado compartiendo un cóctel junto a su actor o actriz preferido?

Lo que me tocó cubrir la semana pasada, sin embargo, se escapa a cualquier taxonomía. El jueves por la mañana el reto era aún mayor: acompañar durante unas horas al nuevo explorador de sonidos que Allianz Global Assistance ha elegido entre más de 600 personas. Un tipo intrépido encargado de almacenar en archivos de audio el carácter de diez ciudades europeas. El proyecto, ideado por la compañía de seguros, servirá para elaborar un mapa sonoro en Google Maps que dé la oportunidad de visitar a través del oído todos estos rincones. Para ello, un equipo coordinado desde Madrid gestiona la actividad de un enviado especial durante 20 días por ciudades como Valencia, Barcelona, Montpellier, Florencia o Roma. Alguien cargado con un micrófono que dedica las horas del día a desbrozar la identidad urbana del murmullo cotidiano. Ese personaje es, ni más ni menos, mi hermano.

Jorge García Palomo aparece definido en la ficha del proyecto como un periodista de 34 años. Un currículum básico que esconde al primogénito de dos funcionarios apasionado por todo lo relacionado con la comunicación. Un profesional que, desde que un servidor tiene uso de razón, aleccionaba a los que estaban a su alrededor sobre cine, literatura o cabriolas futbolísticas. Incluso atornillaba al sillón a su hermano pequeño cada vez que empezaba a media tarde la columna de un tal Eduardo Haro Tecglen. Siempre, eso sí, con una sonrisa.

Por eso, la cita promete. Me acerco a mediodía hasta su hotel. Subo a su habitación y el primer saludo pasa por dejarle un tubo de pasta de dientes. Un elemento básico que se le ha olvidado, así como un manojo de clips y alguna muda que le prestaré más tarde. De allí nos vamos a un restaurante a varias manzanas del paseo marítimo. Nos disponemos en la mesa como si de Pérez Reverte se tratara, pero pagando con recelo un menú de 9 euros. Su ímpetu es tal que la comida transcurre entre grabaciones espontáneas, comprobaciones de archivos y envíos de fotos o mensajes.

“El explorador de sonidos permite que muchas sensaciones diarias queden grabadas en determinados momentos con el fin de contagiar en sentido de la vida en estas fascinantes ciudades”, responde sin pestañear. “A ratos es como hacer un viaje con los ojos cerrados”, añade con media sonrisa.

¿Cómo suena una paella? Foto: Allianz Global Assistance.

¿Cómo suena una paella? Foto: Allianz Global Assistance.

Se lo sabe de memoria. En solo dos días le han entrevistado en varios canales de radio y televisión. Desde el principio del viaje, además, escribirá cada jornada una crónica en la web www.elexploradordesonidos.com. Y cuando ya haya pasado las fronteras de nuestro país y circule por los arrabales de Marsella o el Casino de Mónaco entrará en los programas Hoy por Hoy o Ser Aventureros de la cadena SER.

¿Y qué dirá? Pues lo mismo que me cuenta a mí frente a un plato de paella: que en Madrid grabó cómo se tiraba una caña, cómo refulgía el asfalto bajo el sol de mediodía o cómo se pedía un bocadillo de calamares. Todo, adornado con una desenvoltura inusual que hoy deja de lado: “Bueno, ya sabes lo que quiero decir” o “Tranquilo, luego tú lo escribes como quieras” son dos de las frases que me repetirá durante el almuerzo, tirando a la basura el código deontológico de un periodista de raza.

Se deja fotografiar para la prensa, simula una grabación para los vídeos o arranca incansable con el móvil para un programa hablado. Refleja en cada una de estas acciones sus años de experiencia como showman en actos públicos, locutor de magacines radiofónicos o reportero para televisión. Nada lo frena. Ni siquiera pedirle al curtido camarero que nos atiende que le deje meterse en los fogones para grabar la cocción del arroz o cómo se vierte un vaso de horchata.

No da tregua ni en los momentos átonos en que esperamos el siguiente plato. Comprueba los archivos registrados, escribe frases para Twitter y manosea un cuaderno de dentro de su mochila. ¿Por qué esta iniciativa? “Porque en un momento en el que compartimos todo a través de las redes sociales -fotos, vídeos, estados de ánimo- se echan de menos los sonidos”. “En el día a día perdemos muchos matices”, adelanta con seguridad antes de ser preguntado.

“En un momento en el que compartimos todo a través de las redes sociales -fotos, vídeos, estados de ánimo- se echan de menos los sonidos”, dice Jorge García Palomo

Jorge es capaz de soltar una retahíla de labores que le esperan mientras lanza alguna apreciación sobre un ruido que se le escapa o desmenuza su plan de viaje. Llega el café y entonces pasa a la acción: en lugar de dictarme las respuestas como quien espera al alumno retardado, agarra el bolígrafo y apunta directamente en mi libreta lo que le falta por explicarme. Que en Madrid no pudo registrar el sonido de un barquillero, del chotis o del cocido; que en Valencia pretende inmortalizar el silencio de La Lonja, el fragor del Mercado Central o el toque de campanas del Micalet y que en la travesía que le espera intentará hacerse con un rap en las barriadas periféricas de Marsella (“donde se crió el astro del fútbol Zinedine Zidane”) o con el traqueteo de un proyector de cine en Cannes. “Necesitaría un año para grabar todos los sonidos de una ciudad”, comenta serio, “y trato de describir un paisaje efímero”.

Algo que me mostrará de noche (reproduciendo desde su teléfono el crepitar de un sofrito de paella o cómo se evapora el agua recién vertida en la sartén) y que antes, a primera hora de la tarde, quiere experimentar con el sonido de la horchata. Se acerca a la barra, consigue que el propietario sirva un tubo de este jugo de la chufa y le inquiere: “¿A qué suena?”. “A nada, solo tienes que apretar el pulsador”, dice con desdén el propietario.

Es entonces cuando mi hermano se despide hasta del último comensal y, una vez fuera, me pregunta sonriendo: “Oye, ¿horchata se escribe con hache o sin hache?”. Yo recojo el ancestral chiste familiar y respondo, “Con hache, Jorge, si no se diría ‘orcata”. Y nos despedimos con una carcajada frente a una estación de bicis que le llevará al barrio pesquero de El Cabanyal, a las vías del tranvía que circula hasta la Malvarrosa o al reposo habitual del antiguo cauce del Túria.