En busca de la sonrisa perdida

Lo reconoce en el tercio final de ‘Donde el silencio’: “No hay un sitio perfecto o excelso para marcharse, sino un infinitud de ellos”. Con esta premisa, el escritor Luisgé Martín (Madrid, 1962) ha trenzado un recorrido por algunos de los paisajes desolados de la geografía nacional para emprender lo…

En busca de la sonrisa perdida

Lo reconoce en el tercio final de ‘Donde el silencio’: “No hay un sitio perfecto o excelso para marcharse, sino un infinitud de ellos”. Con esta premisa, el escritor Luisgé Martín (Madrid, 1962) ha trenzado un recorrido por algunos de los paisajes desolados de la geografía nacional para emprender lo que él califica como “una búsqueda de la sencillez”.

Luisgé Martín. Foto: Germán Gómez.

Luisgé Martín. Foto: Germán Gómez.

De la sencillez, explica, o de “la pervivencia de la pobreza”. De una carencia que tenga “restos del primitivismo”. Que nos transporte lejos de las comodidades actuales o del ritmo frenético del medio urbano. Para ello, el autor -ganador del Premio Llanes de Viajes 2013 por ‘Donde el silencio’ (Imagine Ediciones, 2013)- elabora una ruta marcada con antelación y sazonada por sobrias descripciones. Un hilo conductor basado en el encuentro de lo ajeno y en el reposo del espíritu. En busca, quizás, de la inocencia. Del origen.

Este punto de inicio lo marca la selva amazónica. En Iquitos (Perú), Luisgé Martín choca con la mirada incólume de una niña que se asea en el río. De esa transparencia y de la franqueza de su sonrisa nace la llama que lo empuja a encontrar lo más parecido a la pureza. Una candidez prácticamente en desuso, relacionada con “el silencio físico”, con lo que él define como “la lejanía de la alienación”. Así lo expone el autor, que compagina la publicación de este libro de viajes con la novela ‘La misma ciudad’ (Anagrama, 2013). En ambos libros, juega con el encuentro con el otro como base de la comprensión individual.

“A estas alturas de la vida, creer en la felicidad o la infelicidad es difícil”, sostiene el escritor Luisgé Martín

Una reconciliación personal temprana que se disipa con la edad. “A estas alturas de la vida”, sostiene, “creer en la felicidad o la infelicidad es difícil”. Algo que no le impide indagar en esos sentimientos universales mediante seres “que eligen voluntariamente vivir con ciertos márgenes de libertad y de acción”. Por eso, este periplo por zonas del noroeste de España está a su vez repleto de conversaciones con personas que han decidido apartarse de la civilización, que han emprendido un camino “de ida, pero no de vuelta”.

La sonrisa de la niña del Amazonas o el recuerdo de varias mujeres lavando ropa en la orilla de un río sirven de leitmotiv para proseguir el camino. “No se trata de elegir solamente el paisaje, sino de elegir las pústulas que se han ido creando con la vida y que a determinada edad no pueden curarse. Las costumbres, las obsesiones y las manías que a medida que crecemos nos van volviendo, aunque intentemos evitarlo, menos libres”, apunta en la página 189.

Portada de 'Donde el silencio'.

Portada de ‘Donde el silencio’.

“Siempre deseamos vivir muchas vidas, pero a veces queremos vivirlas todas al mismo tiempo, y eso ya no es solo quimérico, sino ontológicamente incomprensible”, afirma también en ‘Donde el silencio’. Ahora, casi un año después de haber comenzado esta travesía y de haberla convertido en material literario, el ganador del premio Ramón Gómez de la Serna por ‘La muerte de Tadzio’ (una suerte de continuación de ‘Muerte en Venecia’, de Thomas Mann) considera que aún prefiere “un porcentaje de ruido, de gente” al aislamiento absoluto. “Ya lo pensaba antes, pero me he convencido de que no podría vivir así todo el tiempo. Aunque me gustaría ser lo suficientemente rico como para poder alejarme unos meses y volver a la ciudad cuando me apeteciera”, confiesa.

Esta creencia choca con un final dedicado al norteamericano Henry David Thoreau. El autor de ‘Walden’, que inspiró a varias generaciones de escritores y viajeros con tendencia al ascetismo, defendía que a los hombres no les falta algo “con lo que hacer” sino “algo que hacer” o “que ser”. Una conclusión parecida a la que llega Luisgé Martín en una de sus paradas: “El corazón se amansa y el cerebro, como si tuviera branquias, respira de un modo más artístico, se enreda en razonamientos ingeniosos y en fantasías”; y que cierra lo que ha ido buscando: la paz y la inocencia de una sonrisa perdida.