Un soplo de esperanza al otro lado del mundo



Chennai, una enorme ciudad al sur de la India. En medio de la pobreza y las desigualdades sociales que asolan al gigante asiático, esquivando la brecha social que sesga y distancia cada vez más a la población india, la iniciativa Orfanatics supone un halo de esperanza para quien más lo…

Un soplo de esperanza al otro lado del mundo

Chennai, una enorme ciudad al sur de la India. En medio de la pobreza y las desigualdades sociales que asolan al gigante asiático, esquivando la brecha social que sesga y distancia cada vez más a la población india, la iniciativa Orfanatics supone un halo de esperanza para quien más lo necesita: los huérfanos.

En un orfanato de Chennai, India. Foto: Orfanatics.

En un orfanato de Chennai, India. Foto: Orfanatics.

La India sigue dando pasos de gigante en su camino hacia la modernidad, el equilibrio social y el bienestar. Sin embargo, lo hace con pies de barro. Porque mientras su sistema socio-económico avanza, la brecha social en el segundo país más poblado del mundo no deja de crecer, acentuando las desigualdades y provocando una enorme diferenciación de clases. La India avanza a costa de destruir a la clase media: cada vez hay más ricos y cada vez hay más pobres.

El gigante asiático forma parte del grupo de economías emergentes que en las últimas décadas han dado un paso al frente y que, según los expertos, comandarán la economía mundial en un futuro cercano. Las reformas llevadas a cabo en el país entre 1991 y 1993 supusieron una auténtica revolución, tanto en el aspecto económico como, sobre todo, en el social. India es parte integrante del grupo conocido como BRIC, las cuatro naciones que desde comienzos de siglo se consideran en mayor índice de crecimiento en términos absolutos. Brasil, Rusia, India y China estarán al frente de la economía internacional antes de 2050, según las tesis más absolutistas.

Sin embargo, el crecimiento y cómputo en la India se debe a un hecho consustancial a sus propias características básicas: su enorme población. Sus casi 1.200 millones de habitantes generan el cuarto mayor índice de valores de Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) del mundo, según el Banco Mundial. Solamente EEUU, China y Japón producen más bienes y servicios. De esta forma, la vida en la India es una realidad de contrastes. El país se enfrenta a una grave crisis humanitaria interna, con terribles niveles de pobreza, analfabetismo, pandemias y malnutrición. De hecho, los indios siguen siendo una población mayoritariamente pobre.

En este contexto, una joven valenciana llegó a la India en febrero de este mismo año. Laura Picurelli, publicista y escritora, se instaló en el país asiático siguiendo los pasos de su pareja, llegado a Chennai unos meses antes. La ciudad, antiguamente conocida como Madrás, es una gigantesca urbe que supera los siete millones de habitantes, costera y que destaca por sus dos grandes industrias: el automóvil y el cine.

Chennai es el reflejo perfecto de las desigualdades sociales indias. “Cuando llegué sabía desde el principio que además de trabajar quería colaborar, así que a través de Chennai Volunteers empecé como voluntaria dando clases de español en un colegio y ayudando en la unidad de adopción del centro”, cuenta Picurelli.

“En general hay cierta desconfianza hacia las ONG, pero eso no significa que la gente no quiera ayudar”, sostiene Picurelli

Dos meses después, con la experiencia y el contacto directo con huérfanos, lo que era una idea se convirtió en una realidad. Desde abril, la iniciativa Orfanatics asiste a niños sin padres, colaborando activamente con otros colectivos. “Colaborando con el orfanato me di cuenta de que siempre había falta de materiales básicos. La gente de administración me contó que dependían básicamente de ayudas directas, y que siempre había carencia de productos, como comida y pañales”, afirma.

El primer paso que dio la iniciativa fue ponerse en contacto con expatriados. Españoles afincados en la India y que conocen de primera mano la dura realidad del país. Picurelli gestionó la recogida de donativos económicos voluntarios, que se tradujeron en una primera compra de productos de primera necesidad para entregar al centro.
Pero el salto más allá de las frontera india fue inmediato. A través de las redes sociales y del boca a boca Orfanatics empezó a recaudar donativos desde España. Amigos y conocidos se sumaron a una nueva colecta y a día de hoy es precisamente España el que más dinero aporta.

Orfanatics funciona de una manera muy simple. “Recaudo donativos a lo largo de un mes y llegado un momento concreto doy por cerrado el acto. Con ese dinero compro los productos que he comprobado que hacen falta y hago el donativo”, asevera. Todos los colaboradores pueden seguir a través de Internet el destino de sus donativos. Los grupos de Facebook y Twitter de Orfanatics son una ventana a la realidad de los orfanatos donde se participa. “En general hay cierta desconfianza hacia las ONG, pero eso no significa que la gente no esté concienciada o no quiera ayudar. Por eso a través de mí, gente que me conoce directamente, sí se atreve a contribuir”, sostiene Picurelli.

La valenciana Laura Picurelli. Foto: Orfanatics.

La valenciana Laura Picurelli. Foto: Orfanatics.

Emergencia silenciosa

La ayuda para este colectivo tan desfavorecido es absolutamente urgente. Orfanatics, de hecho, se encarga de los productos básicos que escasean: comida, productos de higiene y de limpieza. La iniciativa se ha extendido ya a varios orfanatos, y la propia administración de cada centro es la que hace saber cuáles son sus recursos y necesidades. Porque éstas son tan apremiantes como insospechadas. “En breve haremos un donativo para un centro de una secadora de ropa, porque la falta de espacio para tender y el mal tiempo de Chennai hace que los bebés tengan que ponerse la ropa mojada”, relata.

Lo que arrancó como la iniciativa de una joven ayudada por su novio es hoy un proyecto solidario organizado y con casi una treintena de socios colaboradores. “Cada vez recibimos más ayudas, de manera que podemos administrar los donativos a meses posteriores, en vistas de que serán necesarios durante mucho tiempo”. El temor que asalta a Orfanatics es la continuidad del proyecto a largo plazo. A pesar de que cuentan con apoyo financiero, la organización del mismo es una incógnita para un futuro. “No manejamos mucho dinero y no estamos constituidos legalmente, así que cuando nosotros abandonemos la India, la gestión a distancia será imposible, por lo que intentaremos dejar a alguien al cargo”, afirma. Y es que el mensaje es claro y contundente: hacen falta voluntarios.

Orfanatics sigue avanzando y los donativos son una constante, ininterrumpidos desde que arrancó el proyecto. La iniciativa se ha topado con algunas barreras inesperadas, como la desconfianza de la propia sociedad india. La administración de algún centro se ha mostrado recelosa, hasta el punto de llegar a poner trabas e impedimentos a los donativos.

La India vive una emergencia silenciosa. Un país de contrastes donde toda ayuda es poca y donde la perspectiva que da la visión externa sorprende y llama la atención. Porque mientras casi 400 millones de indios viven con menos de un dólar al día, su gobierno aumentó en el último año en un 11% la ayuda humanitaria a países extranjeros subdesarrollados.