“Durante 20 años la cultura oficial ha picoteado de la real, no la ha apoyado”



Carlos Aimeur, periodista cultural valenciano, acaba de presentar su segunda novela: ‘Destroy. El corazón del hombre es un abismo’, una historia de intriga con la Ruta del Bakalao, que él vivió, como telón de fondo

“Durante 20 años la cultura oficial ha picoteado de la real, no la ha apoyado”

Tiene una mañana ajetreada en medio del calor infernal de la Valencia del mes de julio, pero Carlos Aimeur encuentra un rato para tomarse un café y comentar su última novela, ‘Destroy. El corazón del hombre es un abismo’ (Llibres de la Drassana). El “novelista vocacional metido a periodista”, como se definirá en la conversación, le ha dado salida por fin a una idea que tenía a medio escribir desde que acabó la carrera con 23 años. Entonces leyó ‘Historias del Kronen’, un juego de niños comparado con los festivales que vivió de joven en las discotecas de la Ruta del Bakalao, que pisó porque veraneaba en El Perelló. En un camping, como veraneante de a pie, nada de lujos. En ‘Destroy’, la ruta es lo de menos. No hay nostalgia ni batallitas. Aquél fenómeno, al principio bohemio y hedonista y después corrompido por las leyes del mercado y las drogas, actúa como simple punto de anclaje a la ‘terreta’ de una intriga basada en hechos reales.

¿Viviste la ruta en primera persona?

Sí. Tenía la inquietud de intentar reflejar ese ambiente y me salió la posibilidad de hacerlo con una novela de intriga. Mi cabeza hizo una sinapsis, se juntaron las cosas y salió ‘Destroy’. Como el escenario ya lo conocía, sabía sus interioridades, me fui a la historia, a la novela. El que la lea, no va a leer una novela sobre la Ruta del Bakalao. Se va a leer una intriga judicial testada, porque se la mandé a una amiga que es jueza. La analizamos también con un abogado. Y con unos familiares que son policías nacionales, con los que hice el trabajo de campo, de ver cómo vivían los drogadictos. Hablé con camellos de la época de la ruta del Bakalao, para saber cómo era su historia, cómo les cogieron, cómo funcionaban. Hice como en ‘A sangre fría’, coger un pedazo de realidad y transmitirlo. Al final, la intención es que la ruta fuera un paisaje de fondo.

No lo tratas como un personaje.

No es un personaje más, ni la ciudad tampoco. Tengo la opinión, por las novelas que me gustan, de que una novela funciona por los personajes. Que transmitan modelos reales o modelos anormales de comportamiento. Digamos que informan emocionalmente a la gente. Que perciben, que actúan en función de esas cosas. La novela como tal está en la Ruta del Bakalao, pero sin nostalgias ni rollos melancólicos de “qué bonita fue”.

¿Fue bonita?

Bueno, fue. Yo tenía un amigo que cuando iba a las bodas decía que su mesa siempre era la mejor. Y le respondía: “¿Cómo lo sabes, si no has estado en las demás mesas?”. Fue bonito estar aquí, pero seguramente también fue bonito estar en los 70 en Berlín. Y en Polonia en el 65. Todo depende de cómo te lo plantees. Evidentemente era muy diferente a todo lo que había. Era muy moderno. Más cercano a Manchester que a Madrid o Barcelona. Madrid y Barcelona todavía estaban en la Movida, que tuvo sus virtudes y tal, pero Valencia estaba ya en plan Manchester. Dio un salto de 15 años. Barcelona y sus discotecas se fueron cogiendo a la ruta, pero a lo peor de ese modelo de ocio, a lo más vulgar. No digo que fue Ibiza, porque Ibiza es Ibiza, pero ojito, que aquí se juntaban 20.000 personas algunos fines de semana. Lo petaban.

¿Los periodistas que os hacéis escritores, es por romper los moldes del día tras día en cuanto a espacio, temática o estilos?

Sobre eso lo dijo muy bien Joan Maria Oleaque, que me conoce, en la presentación. Que yo soy novelista antes que periodista. Siempre he tenido vocación de novelista. Ser periodista era la única forma de canalizar mi pasión por la literatura. Para mí la palabra es como un músculo, que lo uso diariamente en mi trabajo como periodista, pero realmente lo que quiero hacer es lo otro.

Es decir, ¿no te importaría dejar el periodismo por la literatura si te permitiese vivir bien?

Si la literatura me permitiese vivir bien, mañana mismo dejaba el periodismo. Lo que sucede cuando eres periodista es que se te pega el veneno de la realidad. Lo que sí ha hecho el periodismo es condicionar mucho mi manera de ser novelista.

¿En qué sentido?

En que tengo obsesión por la precisión, el rigor. En mi anterior novela, que es novela histórica, encontré un diario de la época, y era lo que necesitaba. Saber si había llovido el lunes 3 de noviembre de 1702 para decir que, cuando el personaje salió a la calle, ese día había barro. Ese tipo de detalles me obsesionan. ¿A quién le importaba el rigor en ‘Homero’? Pues el periodismo me ha hecho así.

Eso le da verosimilitud al relato.

Claro. La verosimilitud existe. Pero ya llegas al verismo. Como esos cuadros hiperrealistas en los que el pintor se pasa 16 años para hacer el puto labio. Tío, fotocópiatelo, coño.

¿Y ese salto de la novela histórica de ‘Bonaventura’ a la intriga de ‘Destroy’?

‘Bonaventura’ es, en la práctica, mi primera novela, pero mentalmente es la segunda. Empecé a escribir antes ‘Destroy’. ‘Bonaventura’ salió en un verano, en un arrebato de creatividad efusiva. Terminaba el trabajo y me ponía a escribir en mi casa, y estaba hasta las seis de la mañana. Me levantaba a las 10 para corregir y me iba corriendo al trabajo. Durante dos meses, en plan a saco. Se me quejaban de que llegaba tarde a las ruedas de prensa. Eso a las que llegaba… Cayó en mis manos mucha documentación, tenía más en mi casa, y fue todo mucho más fácil. Casi se escribió por sí sola. Por eso salió antes. Era una novela más descriptiva, y volqué más cosas. Fue como suele pasar en las primeras novelas que publicas, con las que quieres cambiar el curso de la literatura mundial. Piensas: “Están Homero, Shakespeare y yo, que soy de Mislata”. Eso hizo que metiera muchas cosas en ‘Bonaventura’, aunque no demasiadas, porque no me dio tiempo. Eso ha hecho que haya quitado muchas cosas de ‘Destroy’, para hacerla entretenida, para contar bien la historia y que la gente la leyera. Me cuentan que se la leen en dos días, y yo 20 años escribiéndola, los muy bastardos (ríe).

¿Cómo decides que va a ser novela negra?

No es que lo decida, es que aparece como novela negra. La novela negra es como la aventura urbana. Al poner el crimen, el contexto, y como mi educación es hiperrealista, al final acaba siendo negra. Porque la novela negra en el fondo es una novela de aventuras, urbana e hiperrealista. La delincuencia va asociada a la marginalidad, que en muchos casos es provocada por agentes externos. Tú te levantas por la mañana y no eres pobre, tienes familia. Hay gente que se levanta por la mañana y es pobre, no tiene padre ni madre, y su abuela trapichea en El Cabanyal. Yo buscaba una familia de clase media que no tuviera esos clichés del origen de la delincuencia. Existen esos casos, muchos, y es el caso de mi protagonista.

¿Tienes algún proyecto más en mente para el futuro?

Tengo una novela en el horno, que creo que va a salir. Espero que no tarde otros 20 años.

¿Cómo ve la cultura en Valencia un periodista cultural como tú?

A mí me lo hizo ver en su día Sebastiao Salgado cuando vino a Valencia. Se sorprendió de que había mucha actividad cultural, pero muy separada entre sí. Aquí hemos tenido el problema que, durante 20 años, la Administración, que debe ser el hilo que une las perlas, no las ha unido. Y las perlas están como sueltas, no se han producido las temidas y maravillosas sinergias. Ha habido una cultura oficial que ha ido picoteando de la cultura real, no la ha apoyado. No ha habido un trabajo serio. Y después ha habido una cultura extraoficial de mucha gente que ha tenido muchas inquietudes, pero que llega donde llega. Porque no se puede dedicar profesionalmente a eso. O porque no se valora el trabajo intelectual. Pero ese es un problema de toda España. Que todavía tengamos que discutir si descargarnos películas está mal, es ridículo. Oye, descargarte películas está mal, como está mal saltarse un semáforo en rojo, no me toques los cojones. Otra cosa es que me digas que es de noche y no hay nadie. Pero sigues saltándote un semáforo en rojo. La gente debe pensar que cada vez que se descarga un libro o una película se está saltando un semáforo en rojo. Si te lo saltas una vez no tiene importancia. Pero son muchos semáforos en rojo que se han saltado. La sociedad no valora en ninguna medida la actividad intelectual. Sólo se valora si es técnica: un ingeniero, un abogado. Pero la creativa… Que te cuenten los publicistas o los diseñadores. Parece que todo tiene que ser gratis, y nada es gratis. Al final, eso ha empobrecido la sociedad. Mucha gente se va fuera, sobre todo, los jóvenes. Porque aquí se comen los mocos.

Se dice que la novela tiene un estilo muy áspero.

Sí, hay una primera parte que es lija. Luego, en la segunda, la gente me dice que ya me reconoce más mi forma de escribir y de hablar. Hay, por ejemplo, una violación que se describe de forma totalmente aséptica. No como Stieg Larsson en ‘Millenium’, que te da hasta el último detalle de la violación de Lisbeth Salander. No es necesario eso, yo lo hago de otra forma, como para que la gente piense: “Qué hijo de puta es este”. Esa primera parte a la gente le engancha, y hace que, cuando llegan a la segunda, respiren aliviados.

¿A qué crees que se debe el boom de la novela negra?

Creo que es por la aventura urbana. Siempre he pensado que es la novela del siglo XX. Y las editoriales son muy cómodas. Si algo tiene éxito, apuestan por ello. ¿Hay una eclosión de la novela negra? Sí, pero la favorece el propio mercado, lo incentiva.

Pero se puede hacer novela negra que no sea urbana.

Sí, pero al final, ¿quién la leerá?

Atrae porque los lectores están en un entorno urbano.

Claro. Leí a Robert D. Kapland en ‘Viaje al futuro del imperio’. Contaba que el 75% de la población de Estados Unidos vive en entornos urbanos. El porcentaje en España andará por ahí. ¿Qué sucede? Si toda esa gente vive entornos urbanos, 225 millones de personas, tienes un público potencial brutal. Eso fomenta que la novela urbana, de corte existencial de los urbanitas, tenga más mercado. Por eso se crean grandes productos, la novela negra americana. Eso influye en los países nórdicos, donde la inmensa mayoría de la población también vive en entornos urbanos. Como tienen un nivel de formación más elevado, hay más novelistas. Y lógicamente, los cabrones de los noruegos también te mandan diez o doce tíos con sus novelas muy buenas. Tenemos un mercado con 50 yankis, los diez noruegos, los diez ingleses, porque siempre hay diez ingleses, los tres italianos, y franceses siempre ha habido… Pues tienes 100 autores esenciales. Haces una lista y es inagotable.

¿Qué reacciones respecto de la novela te han sorprendido?

La que más me ha gustado es la de una amiga que me conoce muy bien, y que me dijo que en la primera parte sufrió mucho, que no era yo, y disfrutó mucho en la segunda, que ya era yo. Y le dije: “Sí señora”. Porque yo lo pasé fatal escribiendo la primera parte.

¿Es necesaria la perspectiva del paso del tiempo también para la novela negra?

Sí, aunque ‘Destroy’ es bastante actual. Hay que coger perspectiva. Por ejemplo, hay un tema en Valencia con el que nadie se atreve, y es el accidente del metro del 3 de julio de 2006. ¿Nadie piensa escribirlo? Se dice que no se puede tocar. Pero se tiene que tocar para fijarlo y que quede para generaciones posteriores. No puede ser sólo la crónica. Hay que reflejar las emociones, a través de personajes que las sinteticen. Y que simbolizan muchas cosas.