La puerta de África sólo se abre en un sentido

Cruzas el estrecho, un mar sembrado de tantos cadáveres como sueños rotos, y el ferry se convierte en una cápsula del tiempo que te transporta varias décadas atrás. Apenas 10 kilómetros al sur de Europa se encuentran la dictadura, la pobreza, el hambre, el subdesarrollo, pero también un pueblo generoso…

La puerta de África sólo se abre en un sentido
Fotos: <a href="http://www.flickr.com/photos/zhiezhye/">Zhie</a>

Fotos: Zhie

Cruzas el estrecho, un mar sembrado de tantos cadáveres como sueños rotos, y el ferry se convierte en una cápsula del tiempo que te transporta varias décadas atrás. Apenas 10 kilómetros al sur de Europa se encuentran la dictadura, la pobreza, el hambre, el subdesarrollo, pero también un pueblo generoso y hospitalario que recibe al extraño con un ‘bienvenidos’ que es mucho más de lo que ellos encuentran como respuesta cuando tratan de devolver la visita. La puerta de África solo se abre hacia dentro.

Dos docenas de percusionistas en ciernes viajan a Marruecos con el único objetivo de abrir bien los sentidos para empaparse del universo del Norte de África y ofrecer, más allá del local de ensayo, un poco del arte que han aprendido. Cualquier peninsular de clase media, como ellos, es rico en Marruecos. Tener 10 euros en el bolsillo es, al cambio, poseer 100 dirhams. Se pueden conseguir zapatos o prendas de ropa por siete euros, comer en restaurantes por cinco, y se puede fumar alta calidad a menos de mitad de precio. 150 euros dan para vivir a cuerpo de rey durante cuatro días.

En Chefchaouen, uno de los últimos protectorados españoles, considerada Ciudad Santa, situada en las faldas de la cordillera del Riff, el comité de bienvenida lo forman cuatro traficantes de hachís que preguntan si eres ‘rasta con pasta’ o ‘rasta sin pasta’. Chaouen da nombre a un tipo de hachís que se vende en España, de los de mayor calidad. Ninguno de los que se encuentra en la península es comparable al que se puede conseguir en cada esquina de este típico pueblo de montaña de casas azules y calles sinuosas. Un laberinto de tiendas y pequeños negocios de todo tipo en el que se pierde la noción del espacio y el tiempo. Afuera predomina el verde. Es Navarra con burros.

Para actuar en Chefchaouen hay que hablar con el Señor Chada, una autoridad local de cargo indeterminado que exige una petición manuscrita. Nada de Times New Roman 12. En el ‘ayuntamiento’ no hay horarios, hay ‘que ir ‘por la mañana’ o ‘por la tarde’. La única condición para regalar nuestro arte es respetar la hora del rezo, el de las 17 y el de las 19 horas, justo en la puesta de sol.

Los marroquíes de Chefchaouen no bailan ritmos brasileños. Solo graban con el móvil 3G lo que sucede en la plaza principal, donde se arremolinan alrededor de una batucada que provoca un ruido ensordecedor. Hay quien se acerca, y hay quien simplemente levanta la cabeza del té que degusta cada tarde con los amigos comentando el baile ritual de miles y miles de turistas que les visitan cada año: Los ‘guiris’ esquivan a los camellos no-desérticos, entran y salen de las tiendas y sorben el dulcísimo té moruno, el antídoto perfecto contra los bajones de glucosa.

Assilah, la ciudad de los artistas, en la costa atlántica marroquí, es otra historia. La gente baila más y graba menos con el 3G. Las paredes son blancas, y en muchas de ellas hay pintados frescos de artistas locales o foráneos, que han regalado su arte por admiración a esta ciudad, que copia algunos vicios de Chefchaouen.

La autoridad local tampoco tiene cargo determinado, aunque se rumorea que es el dueño de la mayor parte de las tiendas del centro. El procedimiento para tocar es idéntico. También hay que respetar rigurosamente la hora del rezo y, como en las faldas del Riff, los camellos conviven codo con codo con la omnipresente policía marroquí.

La despedida de Marruecos se puede realizar por muchos puntos. En Tánger, un grupo de 30 chavales menores de edad persigue a un autobús con matrícula española armados con una bolsa de plástico llena de pan y agua. Su misión es esconderse en los recovecos, entre la caja de cambios y el eje, para tratar de viajar en el ferry-cápsula y cruzar el estrecho. Dos de ellos subieron en Chaouen, pero fueron descubiertos dos días más tarde en Assilah. La pena para ellos será de 5 años, si los cogen. Ninguno lo logró, porque las puertas de África solo se abren hacia dentro, y las de Europa, hacia fuera.