Kevin Mitnick, el pirata que quería ser mago



Cuando con 13 años, Kevin Mitnick descubrió cómo perforar con unos punzones determinados un billete del sistema público de autobuses de Los Ángeles (Estados Unidos) no podía ni imaginar que se iba a convertir en pocos años en el mayor pirata informático de la historia. Algo que tiene un mérito…

Kevin Mitnick, el pirata que quería ser mago

Kevin Mitnick, en la Campus Party 2011

Cuando con 13 años, Kevin Mitnick descubrió cómo perforar con unos punzones determinados un billete del sistema público de autobuses de Los Ángeles (Estados Unidos) no podía ni imaginar que se iba a convertir en pocos años en el mayor pirata informático de la historia. Algo que tiene un mérito tremendo desde el punto de vista de la creatividad teniendo en cuenta que el joven californiano empezó a hackear sistemas a principios de los 80, cuando internet era sólo un proyecto militar y los módems telefónicos no iban ni siquiera a 56 kilobytes.

Mitnick ha pasado a la historia por haber sido capaz de colarse en sitios en los que otros ni siquiera habrían pensado hacerlo. Suya es la invención de un método en el que los hackers de todo el mundo se inspiran hoy, la ingeniería social. Algo tan sencillo y tan complicado a la vez como hacerse pasar por otra persona para conseguir que el incauto interlocutor, que puede ser el responsable tecnológico de la mayor compañía de telefonía del oeste de Estados Unidos o el desarrollador de uno de los prototipos de Motorola, dé sus claves o sirva de puente para que pueda entrar en su sistema.

Todas estas andanzas, que le llevaron en la década de los 90 a ser uno de los delincuentes más buscados por el FBI y a ser portada del ‘New York Times’, forman parte ahora de un libro titulado ‘Ghost in the Wires: My Adventures as the World’s Most Wanted Hacker (El fantasma de los cables: mis aventuras como el hacker más buscado del mundo)’ que saldrá publicado en unos meses y que presentó esta semana en la decimoquinta edición de la Campus Party en Valencia. Allí llegó casi considerado casi como un dios por los campuseros. La cola antes de su conferencia, que arrancó con retraso porque necesitaba de un tiempo rígido y estipulado para preparar el auditorio, ha sido la más multitudinaria de toda la Campus 2011. Todo el mundo quería escuchar las hazañas de alguien que consiguió con una llamada de teléfono todas las claves de las oficinas de Pacific Bell o que entró sin mayor problema en los sistemas del Pentágono, de la institución de control aeroespacial estadounidense o de varias empresas tecnológicas.

Mitnick es en la cercanía un tipo extraño y huraño (no dejó que hubiera streaming en su conferencia, ni ser grabado, ni que los fotógrafos usaran flash). Tras ser detenido en 1995, pasó siete años en prisión y ha quedado marcado. “Me arrepiento de todo lo que hice, sobre todo porque causé daños en algunos de mis ataques. Pero para mí los ordenadores eran mágicos y sólo quería saber los secretos de esa magia que otros no podían saber”, se sinceró ante el auditorio abarrotado. Una falsa disculpa, puede ser, ya que sólo recomendó a quienes quiera continuar su camino que lo “más importante es que no os pillen”. A él le pillaron y le procesaron en cuatro ocasiones, las tres primeras con delitos menores, pero llegándole incluso a incomunicar durante un año. “¿Os podéis imaginar? Un juez dijo que era capaz de activar códigos de misiles con un solo silbido”, relató a un auditorio entregado que aplaudió y se rió cuando empezó a sonar un silbido con la banda sonora de ‘Misión Imposible’. Durante un año, Mitnick sólo pudo llamar desde la cárcel a varios teléfonos autorizados, entre el que no estaba ni siquiera el de su mujer, desde una cabina pública y delante de varios funcionarios de prisiones. Aún así, consiguió lanzar un ataque pulsando las teclas de teléfono que había junto al suyo.

Tarjeta de visita de la empresa de seguridad de Kevin MitnickLa vida de Kevin Mitnick es hoy mucho más relajada. No pudo tocar un ordenador hasta 2003 por imperativo legal y ve con gracia los ataques de Anonymous (“yo los hacía con 15 años con mis amigos para divertirme, lo importante para ellos nos es la forma sino el objetivo”, dijo). Ha perdido ese punto de aventura que reconoce que le gustaba de su anterior vida, pero ya no tiene que inventarse identidades (algo que puede parecer muy sencillo si le oyes hablar a él, ya que se fabricó gracias a la ingeniería social varias con un aspecto legal muy consistente), va por el mundo dando conferencias y gana montones de dinero con su empresa de seguridad, Mitnick Security Consulting. El paso de hacker a experto en seguridad no es algo exclusivo, pero quién mejor para ello. “Hay empresas que no creen en la seguridad, pero esto es como ir conduciendo sin seguro. Puede que no te pase nada pero el día que tengas un accidente, las consecuencias pueden ser muy malas”, avisa. Su libro de memorias es el último camino a la redención: “no lo he podido publicar antes por restricción gubernamental y he tenido que aguantar que se escribieran muchas mentiras sobre mí”.

Su nueva faceta le acompaña, de hecho, hasta en los pequeños detalles. Uno de los trofeos más preciados de la Campus Party era su tarjeta de visita, que repartió en la sala de prensa a quienes estuvimos en la presentación de la charla y que más tarde regaló a algunos de los asistentes. Se trata de una tarjeta metálica con un juego de ganzúas troquelado. El mensaje implícito está claro: yo sé abrir tu puerta y tengo herramientas para ello, contrátame y haré que otros no lo puedan hacer.