Un viaje al corazón de la creatividad (II)

El episodio II de Viaje al corazón de la creatividad (ver Parte I) comenzó con la exposición de Ignacio Carbó y sus ‘Arquitecturas en movimiento’, un viaje que culminó con una reflexión sobre el espacio urbano. José Miguel G. Cortés retomó esta reflexión para presentarnos la urbe desde un prisma…

Un viaje al corazón de la creatividad (II)

Ignacio Carbó, junto al resto de participantes, en Encuentros. Foto: Gustavo Ten

El episodio II de Viaje al corazón de la creatividad (ver Parte I) comenzó con la exposición de Ignacio Carbó y sus ‘Arquitecturas en movimiento’, un viaje que culminó con una reflexión sobre el espacio urbano. José Miguel G. Cortés retomó esta reflexión para presentarnos la urbe desde un prisma diferente en su ponencia ‘Medianoche en la ciudad’.

Carbó, arquitecto especializado en Edificación y Urbanismo, estructuró su charla como un viaje que empieza en los orígenes de la civilización, en una sociedad de cazadores y recolectores, que poco a poco da paso a la agricultura y al pastoreo. El arquitecto estudia la relación entre sedentarismo y nomadismo, y se adentra en los entresijos de la cultura mongola para ejemplificar este proceso. “El nomadismo hace aflorar la necesidad de la construcción simbólica del paisaje. Si para el ser humano sedentario los espacios nómadas son, a menudo, espacios vacíos, para los nómadas dichos vacíos no lo son en absoluto, bien al contrario, están repletos de huellas, de trazos invisibles que cargan de significado el territorio”.

El arquitecto salta de una cultura a otra y descubre en todas ellas el dinamismo como una necesidad intrínseca del ser humano. Los antiguos egipcios dan muestra de esta idea con una arquitectura pensada para el tránsito y el “eterno vagar”. Las representaciones cristinas, ya desde sus inicios, desarrollan la metáfora del peregrino y las procesiones: conceptos imprescindibles para entender el espíritu religioso. Los monjes budistas de Luang Prabang (Laos) pasean con las primeras luces por la ciudad, y su deambular transforma el paisaje, como si fuera una arquitectura que no precisa de construcciones permanentes. Ellos construyen con su deambular un espacio que cambia cuando desaparecen.

Y entre templos, pagodas, zigurats y escaleras, aparece la figura del laberinto. “Los laberintos suponen la concreción, en un especio limitado y acotado, de los paisajes de peregrinación”, destaca Carbó en su tesis, en la que desarrolla la naturaleza de estos espacios pensados para moverse y perderse. En el siglo XIX, Walter Benjamin conecta la figura simbólica del laberinto con el espacio urbano y lo define como “la patria del que duda” para aprender “el arte de extraviarse” y convertirlo en una forma de orientación. En esta novedosa interpretación de la ciudad y sus espacios subyace una metáfora de la sociedad contemporánea. Un ejemplo: el ‘Memorial del Holocausto del pueblo judío’ construido en Berlín  por Peter Eisenman. “El arquitecto norteamericano ha construido en la capital alemana un extraordinario laberinto partiendo de una retícula (aparentemente) homogénea de bloques de hormigón armado y calles rectilíneas entre ellos. Eisenman construye, mediante este sistema de llenos y vacíos, un espacio donde a través de pequeños cambios de volumen o escala en los diferentes bloques y ligeras pendientes ascendentes y descendentes en los caminos que recorren el conjunto creado por el arquitecto, la angustia y el miedo se apoderan del visitante, construyendo así un verdadero laberinto contemporáneo”, explica el arquitecto.

El testigo de esta ponencia lo cogió José Miguel G. Cortés con su charla ‘Medianoche en la ciudad’. El doctor en Filosofía y profesor de Teoría del Arte comenzó su particular viaje a la oscuridad con un pasaje de Cortázar. “Cada vez que paseo por París, solo, de noche, sé muy bien que no soy el mismo que, durante el día, lleva una vida ordinaria y normal. No quiero hacer romanticismo barato. No quiero hablar de estados alterados. Pero es evidente que ese hecho de ponerse a caminar por una ciudad como París o Buenos Aires durante la noche, en ese estado ambulatorio en el que, en un momento dado, dejamos de pertenecer al mundo ordinario, me sitúa con respecto a la ciudad y sitúa  a la ciudad con respecto a mí en una relación que a los surrealistas les gustaba llamar “privilegiada”. Es decir, que en ese momento, se produce un pasaje, el puente, la ósmosis, los signos, los descubrimientos…”

A partir de ahí,  Cortés reivindicó la penumbra dentro de una sociedad “que lo quiere ver todo”, una sociedad “dispuesta a colonizar la noche”. Para ello, proyectó unas cuantas escenas de películas que muestran la noche como lugar convulso, donde habitan los sueños pero también las pesadillas, y donde todo se vuelve ambiguo, como muestra el filme Shadows de John Cassavettes. El profesor alabó la caída del sol por su capacidad para generar “un nuevo imaginario urbano” permisivo con las transgresiones, como recrean las películas Mala Noche y Shortbus, de Gus Van Sant y John Cameron, respectivamente, donde se yuxtaponen “la fuerza del deseo sexual, la atracción por lo prohibido y esa atmósfera de libertad o ensoñación que a menudo acompaña a las vivencias nocturnas”. Entre las sombras se aprecia la vulnerabilidad del individuo, algo que Murnau y Scorsese expusieron con maestría en Nosferatu y Taxi Driver.

Todo esto para qué, se preguntó Cortés al final de su charla. “Como una oportunidad de enfrentarnos a la noche tan sólo como un espacio y un tiempo desconocido lleno de sorpresas, miedos y transgresiones, como un laberinto de calles y experiencias, en las que la luz de la razón pierda, en beneficio de otros sentidos y sensaciones, su absoluta hegemonía como elemento orientador de nuestras acciones”.

Ver más: Un viaje al corazón de la creatividad (I) y Un viaje al corazón de la creatividad (y III)