El secreto de las piedras negras

La playa de los náufragos en Torrevieja es famosa por su fina arena, de un dorado casi blanco. Pero no es extraño que en determinadas épocas del año el mar arroje en ella oscuras piedras del tamaño de un puño. Vienen de los países nórdicos y para descifrar el secreto…

El secreto de las piedras negras

La playa de los náufragos en Torrevieja es famosa por su fina arena, de un dorado casi blanco. Pero no es extraño que en determinadas épocas del año el mar arroje en ella oscuras piedras del tamaño de un puño. Vienen de los países nórdicos y para descifrar el secreto de su misteriosa aparición hay que remontarse varios siglos atrás.

Piedras basalticas

Los buques se lastraban con estas piedras volcánicas para ganar estabilidad. Foto: José Mesa

Son piedras volcánicas, de color gris oscuro y en su composición no se parecen en nada al resto de las rocas que bordean la costa alicantina. Su origen está mucho más al norte, en Escandinavia, y fueron traídas a España casi por casualidad. Su historia comienza en el siglo XVIII cuando se inician en la bahía de Torrevieja los primeros atraques de buques con el objeto de cargar sal.

Según Francisco Rebollo, estudioso de la historia náutica de Torrevieja, «en 1777 se construyeron las conocidas como Eras de la Sal y un muelle donde se cargaba el producto en barcazas para llevarlo después hasta los buques de carga». Estos permanecían anclados aproximadamente a una milla de la playa, pues el fondo de arena y fango de la bahía era idóneo para el fondeo de buques. De esta manera resultaban mucho más fáciles las maniobras de carga y estiba cuando se juntaban varios barcos.

El origen de estas naves era muy diverso. Los países del norte de Europa establecieron una relación comercial muy fuerte con el puerto de Torrevieja y buques suecos, noruegos o finlandeses acudían en gran número con la intención de proveerse de sal. Un producto imprescindible para conservar el pescado y muy difícil de obtener en sus países, donde las pocas horas de sol no permiten la creación de salinas. Para llegar a las costas alicantinas, los veleros y vapores escandinavos necesitaban un correcto lastre para navegar. De este modo antes de zarpar rumbo al Mediterráneo cargaban sus bodegas con tierra, piedras y escombros que conseguían otorgarle al barco la estabilidad necesaria para afrontar el viaje.

Una vez llegaban al destino y fondeaban en la bahía, se realizaba la operación inversa. Todas esas piedras se lanzaban por la borda y se dejaba espacio para llenar el barco de sal. Esta inocente acción realizada a lo largo cientos de años fue creando en el litoral un banco de piedras de lastre basálticas que desde hace siglos la marea se encarga de ir puliendo mientras las acerca a la playa.

Con los progresivos avances en la navegación los barcos se dejaron de lastrar con piedras, pero estas han seguido muy presentes en la vida de este pueblo marinero. Si se le pregunta a cualquier pescador de la zona podrá marcar sin lugar a dudas en una carta marina la zona conocida como ‘Las piedras del lastre’, situada a una milla de la costa y a 43 brazas de profundidad. Hasta no hace muchos años estas piedras eran usadas por los albañiles de la zona como elemento ornamental para embellecer los zócalos de las casas. Pero estos visitantes del norte no solo dejaban piedras a su paso. El intercambio con frecuencia trascendía de lo comercial y por ejemplo, fueron los que introdujeron el bacalao, un pescado típicamente atlántico, en la cocina de la región

Kristiansund, Noruega

El pueblo de Kristiansund, en Noruega. Foto: Andreas Sordberg

Ellos, en sus viajes, además de sal se llevaron muchas otras cosas. Según Francisco Sala Aniorte, cronista de Torrevieja, es especialmente curiosa la historia de la ciudad de Kristiansund, en Noruega. «En su gastronomía encontramos recetas idénticas a las nuestras, como ejemplo de un intercambio cultural. Nuestras típicas pelotas y el guisado de albóndigas de bacalao se sirven también en sus casas». Tanto les encantó la celebración de la tradicional Noche de Reyes que vieron en Torrevieja, que desde entonces en aquel clima invernal todos los años festejan la llegada de sus Majestades de Oriente con una cabalgata y regalos para todos. Y así como ellos trajeron sus piedras volcánicas hasta aquí, «otras muchas veces llevaron tierra de lastre de Torrevieja hasta Kristiansund, utilizándola incluso para allanar el terreno de su cementerio».

Esta relación de Torrevieja con los países escandinavos sigue muy presente hoy en día. La ciudad cuenta con sus propios consulados de Suecia y Noruega y con una comunidad de residentes estables del norte de Europa que ronda las 10.000 personas. Incluso, cerca del barrio conocido como la Colonia Sueca se dedicó en 2003 un jardín a la figura de Nils Gäbel, el primer turista sueco que llegó a la ciudad… y se quedó. En palabras de Sala, cuando el comercio marítimo entró en declive, “estas gentes de las frías tierras del norte de Europa, comenzaron a venir a este crisol de culturas que es Torrevieja, buscando su SOL, y no su SAL, como hicieron en otros tiempos”.