¿Aeropuertos verdes?

Los aeropuertos son sinónimo de progreso y simbolizan el sueño eterno del hombre por volar. Pero, como en todo avance, es fácil que se produzcan inconvenientes que deben unos pocos en beneficio de la mayoría y estas instalaciones no son una excepción. ¿Es posible minimizar este impacto? Asociaciones, colectivos y…

¿Aeropuertos verdes?

Los aeropuertos son sinónimo de progreso y simbolizan el sueño eterno del hombre por volar. Pero, como en todo avance, es fácil que se produzcan inconvenientes que deben unos pocos en beneficio de la mayoría y estas instalaciones no son una excepción. ¿Es posible minimizar este impacto? Asociaciones, colectivos y ayuntamientos afectados creen que existe una alternativa.

Vista general del aeropuerto de l'Altet. Foto: Javier Marco

Vista general del aeropuerto de l'Altet. Foto: Javier Marco

Hablar de Manises o l’Altet, para cualquier ciudadano de la Comunitat Valenciana lleva asociado inmediatamente pensar en un aeropuerto. Son ciudades innegablemente populares pero a su vez poco conocidas más allá de las puertas de acceso a sus terminales. Seguramente, serán muy pocos los que sepan que muchas de las salas del Museo Vaticano están adornadas con cerámica de este pueblo de Valencia o que en las playas de l’Altet, se puede encontrar un ecosistema de génesis dunar con un valor ecológico tan alto que lo hace único en España.

La creación de un aeropuerto supone siempre un fuerte impulso positivo para el área a la que da servicio. Pero a nivel práctico, es muy fácil que cree recelos y desconfianzas en los vecinos de las localidades donde se ubican. Ruidos, aumento del tráfico rodado, contaminación química e impacto visual suelen ser las quejas más frecuentes. Para Josep Velasco, presidente de la asociación Prou Soroll y vicepresidente de la Asociación Nacional de Afectados por el Impacto Aéreo, «es cierto que la contaminación acústica y química que conlleva vivir junto a estas instalaciones es perjudicial para la salud, pero los vecinos no estamos en contra del aeropuerto. Simplemente se debería de tratar de corregir los desaguisados que se han venido haciendo hasta ahora».

Sobre el papel, soluciones hay muchas y casi todas ellas pasan por una voluntad firme de Aena, la entidad pública que gestiona los aeropuertos, en dotar a sus instalaciones de una política de desarrollo sostenible y compromiso medioambiental. Hace unos años pusieron en marcha el proyecto Aeropuerto Verde. Una serie de medidas cuya intención es la de conseguir un modelo de aeropuerto que «haga un uso responsable de los recursos naturales que necesite para su funcionamiento, reduzca el consumo de energía y promueva la utilización de energías renovables para reducir la emisión de gases de efecto invernadero, y el que gestione adecuadamente sus residuos. En suma, un aeropuerto cuyo impacto en su entorno sea mínimo y cuyo objetivo sea llegar a ser una instalación neutra en emisiones de carbono (emisiones cero)».

Este proyecto comenzó a implantarse, de manera experimental, en el aeropuerto de Lanzarote (Canarias) para posteriormente ir trasladándolo al resto de puntos de la red aeroportuaria. Pero según Velasco, «se trata de un proyecto de cara a la galería. En casos como el del aeropuerto de El Prat, hemos tenido 16 reuniones y mesas de trabajo con Aena para resolver estos problemas, pero avanzamos muy lentamente. Para ellos lo importante es la operatividad y las buenas estadísticas. La falta de sensibilidad es lo que prevalece y las soluciones, que son muchas y muy fáciles se dejan de lado».

Pero el problema siempre suele ir más allá del impacto medioambiental o el ruido. En el entorno afectado por el aeropuerto de l’Altet, uno de los más rentables y concurridos de España, han surgido voces que proponen dar un paso más y han plasmado sus ideas dentro del Proyecto Dunass. Para Lidia Soler, portavoz de esta iniciativa, «es imprescindible adoptar una visión que aporte estrategias de desarrollo sostenible basadas en una gestión de calidad de los recursos propios del territorio: infraestructura, ciudadanía y espacio geográfico».

Esto implicaría poner de acuerdo a los principales interesados a través de tres puntos básicos. La inclusión efectiva del aeropuerto dentro de la red verde de Aena., lo que supone desde la reducción de emisiones de CO2 en aterrizajes y despegues, hasta la instalación de equipos de bajo consumo y placas fotovoltaicas en la propia terminal. La integración de la población activa de la localidad dentro del ámbito del aeropuerto, puesto que, a efectos prácticos, si la mayoría de los trabajadores del aeropuerto reside cerca de él, se reduce su huella ecológica al disminuir el consumo de energía en sus desplazamientos al lugar de trabajo. Y, por último, la potenciación de los recursos de la zona. Para ello sería necesario abandonar la visión meramente económica de la gestión del aeropuerto y pensar en su correcta integración en el entorno natural en que se ubica.

Estos puntos suponen únicamente la punta del iceberg en un proyecto que propone un modelo de infraestructuras aeroportuarias radicalmente distinto al actual. Para Soler «se trata de potenciar la región aeroportuaria como un laboratorio fantástico ideado para un fecundo y armónico progreso dentro de un marco de gestión de calidad de sus recursos». Velasco es mucho más crudo en su filosofía, según él «el progreso que perjudica al bienestar y la salud de las personas no es progreso».