El Puig Campana renace de sus cenizas

El 24 de enero de 2009, el Puig Campana, una de las montañas más emblemáticas de la Comunitat Valenciana, sufrió uno de los peores incendios forestales de su historia. El fuego arrasó un millar de hectáreas de este paisaje protegido. Tres años después las huellas de la tragedia siguen visibles,…

El Puig Campana renace de sus cenizas

El 24 de enero de 2009, el Puig Campana, una de las montañas más emblemáticas de la Comunitat Valenciana, sufrió uno de los peores incendios forestales de su historia. El fuego arrasó un millar de hectáreas de este paisaje protegido. Tres años después las huellas de la tragedia siguen visibles, pero poco a poco la vida vuelve a abrirse paso.

Vista del Puig Campana envuelto en llamas. Foto, Popsique

El Puig Campana envuelto en llamas. Foto: Juan Carlos (Popsique).

Es difícil volver a recorrer la zona donde hace tan solo unos años el verde era el color predominante, y no sentir un escalofrío al constatar como el gris lo invade todo. Nuestra visita arranca en el paraje conocido como ‘El mas de la monja’. Fue cerca de aquí donde la caída de una torre de alta tensión desencadenó la chispa que cambiaría este entorno para siempre. El fuerte viento se encargó del resto.

Conforme iniciamos la ascensión hacia el ‘Coll del Pouet’ nos llama la atención ver las hileras de troncos quemados que, después de tres años, continúan erguidas hacia el cielo, pero sin rastro de follaje en sus copas. La sorpresa llega cuando miramos al suelo y descubrimos que, al contrario de lo que cabría esperar, un manto verde empieza a cubrirlo todo.

3 años después todavía son visibles los restos del incendio. Foto, F. Prieto

Tres años después todavía son visibles los restos del incendio. Foto: Fernando Prieto.

El bosque se protege a sí mismo

Se trata en su mayoría de pimpollos de pino, carrascas o lentiscos. Algunos de ellos no levantan más de un palmo del suelo, pero son tantos que no nos cuesta imaginar como será la zona en 10 o 20 años si siguen creciendo a este ritmo. ¿Quién ha plantado estos árboles?

Para ayudarnos a entender mejor lo que pasa pedimos ayuda a Miguel Ángel Soto. Él ha sido durante años el máximo responsable de las campañas de bosques de Greenpeace en España, y en la actualidad es coordinador del área de biodiversidad. “El bosque mediterráneo está adaptado a los incendios y tiene sus propias armas de defensa. Las especies autóctonas, como la carrasca, son rebrotadoras y aunque se hayan visto afectadas por el fuego, en la mayoría de los casos son capaces de volver a brotar y seguir siendo fuente de nuevas semillas. Por otro lado, las coníferas, como el pino, tienen una capacidad de dispersión de semillas inmensa. Las piñas reaccionan ante el calor de un incendio estallando, y esparcen cientos de piñones a su alrededor.”

El ecosistema tiene sus propios mecanismos de regeneración. Por eso, la primera regla para actuar después de un incendio es esperar y observar. A todos nos gustaría coger una azada y salir al monte a plantar árboles al día siguiente, pero esa no es la solución. “Hay que ver cómo responde la zona por si misma. Valorar a qué nivel se han producido los daños y, sobre todo, comprobar el estado del suelo. De él dependerá en gran medida que un paisaje pueda o no regenerarse”. Lo habitual, según nos comenta un ingeniero forestal que lleva años trabajando con zonas afectadas por el fuego, «es esperar que pasen los dos primeros inviernos después del incendio, para comenzar a sacar conclusiones».

Sobre los restos del incendio comienzan a brotar nuevos árboles en el Puig Campana. Foto, F. Prieto

Sobre los restos del incendio comienzan a brotar nuevos árboles en el Puig Campana. Foto: Fernando Prieto.

La erosión es el enemigo a vencer

Aunque la dispersión de semillas en la zona haya sido buena, el factor más importante para que pueda regenerarse un bosque es el estado del suelo. Según Soto «si se pierde la masa forestal, que actúa como retención al agua, es habitual que en los períodos lluviosos la capa de suelo fértil sea arrastrada montaña abajo. En el momento que perdemos ese sustrato y aflora la roca, la regeneración se torna mucho más difícil.»

A esto se le debe añadir el consiguiente problema para los acuíferos. «Los árboles actúan como esponjas que recogen el agua del entorno y la van filtrando lentamente hacia el subsuelo, y de esta manera favorecen el mantenimiento de pozos, fuentes y cuencas fluviales». Si se pierde la masa forestal, la situación se convierte en un problema hidrológico.

El caso del Puig Campana es especial en este sentido. Situándonos en un punto elevado observamos que se trata de un monte plagado de márgenes y bancales. Muchos de ellos datan de siglos atrás, cuando estas tierras se aprovechaban para el cultivo de especies productivas como el olivo, la vid o el almendro. Cuando trabajarlas dejó de ser rentable, la zona fue colonizada de manera natural por pinos, carrascas, encinas o robles valencianos, pero los márgenes que facilitaban el trabajo del labrador han permanecido intactos hasta hoy. Estos bancales son los que han favorecido que la erosión, en gran parte de la zona, se haya reducido a límites en los que la naturaleza es capaz de actúar por sí misma.

No hay que olvidar que la gran mayoría del bosque mediterráneo es un bosque transformado por el hombre a lo largo de siglos, como nos recuerda Miguel Ángel. «En el mediterráneo es casi imposible encontrar bosques vírgenes porque, a lo largo de la historia, el ser humano los ha utilizado para sacar provecho a sus recursos (agricultores, ganaderos, leñadores…).  Ahora que estas actividades han dejado de ser rentables hemos pasado de un bosque humanizado y trabajado a un bosque totalmente abandonado. Y esto supone un grave problema». Un entorno de este tipo no puede dejarse evolucionar sin control, puesto que será un foco de problemas a todos los niveles.

La mano del hombre es vital

Seguimos camino por la pista forestal y a la derecha encontramos una zona reforestada a mano. Se trata de algunas parcelas que forman parte de un programa educativo en el que los escolares, además de conocer sobre el terreno los efectos de un incendio, contribuyen a reintroducir aquellas especies autóctonas que se han visto más perjudicadas. Desde un punto de vista técnico «la reforestación externa se debe hacer con el objetivo de fomentar la biodiversidad. Se deben plantar aquellas especies autóctonas que por tener un desarrollo más lento podrían desaparecer, por ejemplo, desplazadas por el pino, que tiene un desarrollo y una dispersión extremadamente rápidos».

Poco antes de encarar la última parte del ascenso a la montaña llegamos al límite de la zona afectada por el fuego. Aquí, el paisaje recupera su espléndido verdor y solo rompe la armonía el sonido de las motosierras. A lo largo del camino encontramos a los miembros de un equipo de prevención en pleno trabajo de tala de pinos. ¿No parece una contradicción proteger un bosque talando sus árboles? La respuesta nos la da nuestro ingeniero forestal. «Lo que se pretende con estas talas selectivas es garantizar la supervivencia del bosque seleccionando los mejores ejemplares. Se localizan los árboles más fuertes y sanos y se crea un perímetro de seguridad a su alrededor, talando cualquier otro árbol que esté demasiado cerca y pueda afectar a su desarrollo». Cuanto más grande y fuerte crezca un árbol, más protegido estará contra el fuego y las posibles plagas. A continuación, los troncos de estos árboles talados se colocan de forma perpendicular a la pendiente formando algo parecido a pequeños diques para evitar la erosión del terreno.

Vista del Puig Campana la noche del incendio. Foto, Ángel Valero

Vista del Puig Campana la noche del incendio. Foto: Ángel L. Valero (www.porahinoes.es).

Llegamos a la cima de esta montaña de 1.406 metros cargada de mitología. Vista desde el norte su cumbre parece una campana, y vista desde el sur se asemeja a un inmenso campanario, que dio lugar a muchas historias sobre el origen de su singular orificio, que no deja de ser más que un efecto óptico, pero invita a dejar volar la imaginación.

Cuando desde lo alto dejamos correr la vista entendemos un poco más cuál es la verdadera amenaza para enclaves como éste. El paisaje protegido está exactamente delimitado por la línea de alta tensión que fue el origen del incendio. Desde allí hacia el mar se extienden chalets, urbanizaciones, e incluso un par de parques temáticos, que también fueron afectados en su día por un fuego que no entiende de fronteras. Hacia el otro lado, la montaña, que continúa donde siempre estuvo, dejando que la vida se abra paso. Siempre y cuando el ser humano no se empeñe en lo contrario.