Cine a prueba de crisis: el ejemplo rumano

Llegó la crisis como esa «típica peli»: con malos malísimos, buenos esperanzados, y un final bastante previsible: protestas y recortes. Éstos afectan a la cultura y, especialmente, a la industria del cine. La sala se quedó a oscuras; los cineastas se llevaron las manos a la cabeza. Pero, será posible…

Cine a prueba de crisis: el ejemplo rumano

Llegó la crisis como esa «típica peli»: con malos malísimos, buenos esperanzados, y un final bastante previsible: protestas y recortes. Éstos afectan a la cultura y, especialmente, a la industria del cine. La sala se quedó a oscuras; los cineastas se llevaron las manos a la cabeza. Pero, será posible hacer películas sin financiación pública.

Existen ejemplos de cinematografías que han florecido en la época más crítica para un país. Irán bajo la teocracia, Argentina durante el corralito o Grecia en el colapso económico de los últimos años. Sin embargo el mejor testimonio lo da Rumanía, un país que empezó el siglo XXI con un PIB cinco veces menor a España, en medio de una gran crisis económica y política, y que en la última década ha triunfado en los principales festivales internacionales.

’12:08 al este de Bucarest’ (2006): La revolución en clave de humor negro.

Hacer cine sin industria

Rumanía es un ejemplo de cine sin industria. Produce apenas entre 10 y 20 películas al año (Francia por ejemplo produjo 272 sólo en 2011) y su presupuesto global equivale al de un solo film norteamericano de presupuesto medio-bajo. Para entendernos, Prometheus, la última cinta de Ridley Scott, contó con una financiación inicial de unos 150-200 millones de euros. La cifra invertida en el cine rumano durante todo 2010 rozó los siete millones de euros.

A pesar de esto, en tres años, de 2005 a 2007, este país ha pasado de ser considerado un páramo económico y cultural, a ser centro de referencia del cine europeo y mundial. Las reponsables han sido una serie de películas de bajo presupuesto, centradas en el pasado cercano bajo la dictadura de Ceaucescu, con un estética austera, comprometidas, cargadas de ironía y alejadas de cualquier efectismo, que han obtenido los máximos galardones en festivales como Cannes, Sundance o Berlín.

Esto no ha venido motivado por un buen sistema público de financiación, ni por la herencia social o cultural de la época soviética. Durante el mandato comunista, la industria del cine se desarrolló mucho más en países como Rusia o Bulgaria, e iba destinada a fines propagandísticos. Además, el Centro Nacional de Cinematografía (CNC), organismo encargado de su financiación, produce sólo la mitad de las películas que se realizan y ha sido acusado de clientelista.

Entre sus logros se encuentra, por ejemplo, el de rechazar películas como ‘La Muerte del señor Lazarescu’, que posteriormente se convertiría en la cinta rumana que más festivales ganaba en la historia. Esta película, según cuenta su propio director, se rodó en parte por la rabia que este hecho le provocó y para demostrar cómo se podía hacer buen cine sin dinero público.

El nuevo neorrealismo rumano

Entonces, ¿cúal es el secreto rumano? Por un lado, una brillante generación de cineastas, la mayor parte de los cuales es menor de 40 años. Entre estos se encuentran: Cristian Mungiu, Cristi Puiu, Corneliu Porumboiu, Catalin Mitulescu o Radu Muntean. Y si bien sus nombres no fueron conocidos hasta el año 2007, su verdadera irrupción se dio ya en 2004 cuando sus cortometrajes se exhibieron en festivales y ganaron en Berlín, Venecia, Helsinki o Cannes.

‘Cuentos de la edad de oro’ (2009): Una película colectiva que explora los rumores urbanos de la Rumanía comunista.

Por otro lado, otro de sus puntos fuertes es convertir la falta de medios en una marca de estilo. Así, todas estas películas se caracterizan por pocas localizaciones, actores en muchos casos no profesionales, planos fijos de larga duración y grabación en espacios públicos. Características que los vinculan con otros movimientos europeos del pasado, como el neorrealismo italiano. También, por su capacidad por explorar la realidad más cercana, y convertir historias particulares en temas de interés universal.

Pero sobre todo, la voluntad de llevar adelante sus proyectos, con o sin dinero público. Así, los créditos iniciales de la ganadora de la Cámara de Oro en Cannes en 2006, ’12:08 al este de Bucarest’, no incluían el logo de ninguna institución pública, sino de una compañía lechera, cuyo patrocinio sirvió, junto al de una panadería o un productor de aceite vegetal, para financiar la película. Cristian Mungiu, director de ‘4 meses, 3 semanas y 2 días’, y unos de los mayores responsables del éxito internacional del cine rumano, tuvo que utilizar objetos personales para decorar los sets ante la falta de dinero.

¿Una nueva ola o una moda pasajera?

Fue esta última película la que mayor revuelo provocó al ganar la Palma de Oro en Cannes en 2007. Una de las frases más repetidas esos días era: «¿has visto esa película rumana?». A esta admiración le siguió también el escepticismo. Críticos que pensaban que, más que una nueva ola de cineastas, se trataba de una moda pasajera.

‘Aquel martes después de Navidad’ (2010): De Radu Muntean. Un ejemplo de la vitalidad del cine rumano.

Frente a ésto, hay varios factores que garantizan la continuidad del cine rumano. La juventud de sus realizadores, el crecimiento de sus festivales o la ola de cambios que estos éxitos han provocado en la forma en que se administran los fondos destinados al cine en su país. Así, a partir del rechazo del guión de ‘La muerte del señor Lazarescu’ y posteriores polémicas con el resto de cineastas, el CNC ha tenido que renovar su método de elección y adoptar medios más transparentes. Para 2011, gran parte de estos realizadores ya contaron con ayudas públicas, además de asegurar la financiación de nuevos cineastas.

'La muerte del señor Lazarescu'

'La muerte del señor Lazarescu'

¡Más pelis de acción y menos obras maestras!

Sin embargo, este éxito puede ser también engañoso. A pesar del revuelo internacional, el cine rumano tiene su principal enemigo en casa: el mercado interno. Rumanía cuenta con unas 60 salas de cine en todo el país y el gasto por habitante es de los más bajos de la Unión Europea (cuatro céntimos de dólar al año). Además, sus películas gozan de más popularidad fuera que dentro de sus fronteras.

En este sentido, su principal virtud es también su mayor defecto ya que, si bien su homogeneidad le da una imagen de corriente cinematográfica al gusto de los jurados internacionales, no llega a calar en el público rumano. Éstos siguen prefiriendo los éxitos hollywoodienses a las películas nacionales, aunque sean obras maestras.

Por ejemplo, ’12:08 al este de Bucarest’ solo fue vista por 13.000 personas en su país de origen. Para sortear esto, otra cinta de gran éxito como ‘La muerte del señor Lazarescu’ contó con dos carteles de exhibición completamente diferentes. Mientras que el que se exhibía en el extranjero enfatizaba su aspecto dramático, se hizo una versión propia, más cómica, con el fin de mostrarla al público como algo más ligero y comercial.

Diez películas del nuevo cine rumano


‘La muerte del Sr. Lazarescu’ (2005), de Cristi Puiu.
’12:08 al este de Bucarest’ (2006), de Corneliu Porumboiu.
‘Cómo celebré el fin del mundo’ (2006), Catalin Mitulescu.
‘California dreamin’ (2007), Cristian Nemescu.
‘4 meses, 3 semanas y 2 días’ (2007), de Cristian Mungiu.
‘Boogie’ (2008), de Radu Muntean.
‘Historias de la edad de oro’ (2009), de varios directores, coordinados por Cristian Mungiu.
‘Si quiero silbar, silbo’ (2010), de Florin Serban.
‘Aquel Martes después de navidad’ (2010), de Radu Muntean.
‘La autobiografía de Nicolae Ceaucescu’ (2010), de Andrei Ujica.