¿La desglobalización es la solución?

Presentada durante años como uno de los mayores logros de la humanidad, la globalización carga ahora con el sambenito de ser uno de los principales culpables de la crisis del modelo económico. Los mercados parecen no tener barreras y la desglobalización irrumpe con fuerza como movimiento de respuesta. Hasta hace…

¿La desglobalización es la solución?

Presentada durante años como uno de los mayores logros de la humanidad, la globalización carga ahora con el sambenito de ser uno de los principales culpables de la crisis del modelo económico. Los mercados parecen no tener barreras y la desglobalización irrumpe con fuerza como movimiento de respuesta.

Escritorios vacíos en la Bolsa de Nueva York el pasado mes de enero. Foto: Serenitbee.

Escritorios vacíos en la Bolsa de Nueva York el pasado mes de enero. Foto: Serenitbee.

Hasta hace bien poco era casi un debate prohibido. Eso de ponerle puertas al campo, de crear un sistema de barreras y reglas internacionales para la economía, estaba reservado a políticas relacionadas con los dos extremos. Pero, ¿en qué se basa esto de la desglobalización? Esta especie de marcha atrás nace como respuesta a los desmanes de la globalización, una vertiente oportunista que puede jugar en su contra, pero que le ha permitido fijar objetivos más o menos concretos.

Pasado un primer estadio antisistema, esta corriente ha llegado a la política para quedarse, y con ganas de reformas. Básicamente, la desglobalización trata de combatir problemas reales de las sociedades europeas, como la deslocalización de la industria, la precariedad laboral, el empobrecimiento progresivo de la población, el aumento de la desigualdad económica y social o la precarización de servicios públicos básicos como la educación o la sanidad.

Para todas estas calimidades, el diputado socialista francés Arnaud Montebourg ha encontrado un culpable: la globalización. Considerado como una de las voces de cabecera del candidato François Hollande, en su libro ‘¡Votad la Desglobalización!’ traza una estrategia directa para la creación de barreras en los mercados y de protecciones para trabajadores, salarios y derechos. «Las élites se han encerrado en su confort, en su globalización feliz. Se han construido una campana de cristal ideológicamente blindada contra la cual se estrellan todos los demás mortales», avisa Montebourg en su libro, a la vez que pone sobre aviso de los desmanes que pueden sufrir una economía local por el bien de la economía global.

'Votad la Desglobalización', de Arnaud Montebourg.

'Votad la Desglobalización', de Arnaud Montebourg.

Ese es precisamente uno de los principales puntos de partida de la crítica a la globalización. Países como China, India o Indonesia fabrican miles de productos con unos costes irrisorios. Se venden en Europa y Estados Unidos, donde esos mismos productos cuestan de producir mucho más debido a salarios y cargas. La consecuencia directa es que el productor europeo y norteamericano tiene la tentación de bajar esos costes para equiparse en el precio a los productos asiáticos, con lo que salarios y derechos sociales corren serio riesgo. «El error del libre comercio ha abierto también la tumba de la política, la muerte lenta del derecho de los pueblos a elegir libremente su fiscalidad, su derecho al trabajo y su nivel salarial», reflexiona el diputado francés en su libro.

Como representante especial de la campaña de Hollande, Montebourg visitó hace unos días España. En varias intervenciones públicas defendió la desglobalización como una respuesta a la «frustración» de la población: «los ciudadanos están aplastados por el sistema económico y olvidados por el sistema político. Es una estrategia para salir de la crisis, frente a planes de austeridad que han fracasado. Es un sistema para salir de la crisis con crecimiento y dejando atrás políticas de austeridad que no han funcionado».

Movimiento maduro

No obstante, la desglobalización no es un movimiento capitaneado, sino que ha aflorado a la superficie tras un tiempo de maduración. En Francia el debate ya ha llegado a la calle gracias a los argumentos cruzados de una larga campaña electoral que empezó hace más de un año con las primarias del Partido Socialista.

El 65% de la población pide aumentar aranceles para productos de países emergentes. El 84% considera que la apertura de las fronteras tiene consecuencias negativas sobre el empleo, mientras que para el 78% tiene consecuencias negativas sobre el nivel de los salarios. Nicolas Sarkozy ha prometido, si sale reelegido en las presidenciales de este año, aumentar el número de tramos de IVA para así montar una barrera impositiva ante este tipo de productos.

Pese a comenzar a ser un discurso reurrente de izquierda y derecha, se oyen voces discordantes que ven este proceso de regionalización como un freno al crecimiento de la economía, no sólo a nivel global sino también a pequeña escala. Entidades como la Organización Mundial del Comercio (OMC) o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) se muestran temerosos de perder con este proceso todo lo conseguido durante décadas.

La sumisión al sistema financiero y a los mercados es la gran crítica de este movimiento. La globalización se ha presentado como un juego con ganadores y perdedores. En el tablero están ahora, a un lado, el espectacular crecimiento de los países emergentes, y en el otro, las graves secuelas para la Unión Europea y Estados Unidos.