La mano manca de los periodistas

Tras anunciar el despido inminente de 1.295 trabajadores, entre ellos 100 periodistas, el plató de informativos de Canal 9 se llenaba el 16 de julio en pleno directo con las voces de los afectados por el ERE. Una protesta que el pasado viernes se materializaba en la suspensión de la…

La mano manca de los periodistas

Tras anunciar el despido inminente de 1.295 trabajadores, entre ellos 100 periodistas, el plató de informativos de Canal 9 se llenaba el 16 de julio en pleno directo con las voces de los afectados por el ERE. Una protesta que el pasado viernes se materializaba en la suspensión de la programación de Radió Televisió Valenciana Valenciana (RTVV) durante dos días.

Ante el homónimo Expediente de Regulación de Empleo (ERE) de la Cadena Ser, que traía consigo 200 despidos y una reducción del 10% salarial a los que quedaran, sus trabajadores habían emprendido semanas antes ese mismo camino. El 29 de junio, y durante 24 horas, la cadena del grupo PRISA se declaraba en huelga alterando su programación habitual. Federaciones, asociaciones, uniones, sindicatos y particulares con la licenciatura bajo el brazo ya venían sumando grumos a la gran marea desde la Huelga General del 29M.

Protesta trabajadores RTVV tras el anuncio del ERE Foto: Rafa Honrubia

Protesta trabajadores RTVV tras el anuncio del ERE Foto: Rafa Honrubia

Las estadísticas de un éxodo forzoso

Poca trascendencia en cambio para esta megafonía de últimos desastres, si entendemos que el castigo a los profesionales del sector arranca, al menos, hace ya cuatro años. Durante ese periodo, 11.000 periodistas se han inscrito a las listas del paro. Casi 60 medios de comunicación han candado sus portadas, moscas y logos -una décima parte de ellos en la Comunidad Valenciana-. Y los que no engrosan las listas del INEM, viven la paradoja de observar cómo las horas de trabajo aumentan y sus salarios, mientras, se reducen.

“Existe un grado elevado de manipulación, por parte de las empresas, hacia los profesionales del sector”, advierte Ximo Clemente, Presidente de la Unió de Periodistes Valencians. “Grupos mediáticos como Vocento, Prisa, Prensa Ibérica, etc. han ido despojándose de gran parte de sus plantillas, en la mayoría de ocasiones mediante despidos por goteo, no multitudinarios, y, sobre todo desde una opacidad informativa. Todos estos grupos informaron sobre el ERE protagonizado por Ford en Almussafes. A ninguno de sus trabajadores, sin embargo, se les permite informar sobre los que directamente les afectan”, añade.

Las consecuencias de la reforma laboral llevada a cabo por el Gobierno ya se dejan entrever. Clemente asegura que sin medios de comunicación, sin sus profesionales, se adivina, además de “una precarización de la sociedad”, un importante “déficit democrático”, ya que se impide desempeñar un derecho constitucional: el de informar y ser informado. Con lo que el periodismo de hoy en España, en Valencia, debiera asumir, como metáfora de su situación, al espectro de Mariano José de Larra; un tiro a bocajarro, no tanto por el abandono de una amante, sino por un país que no encuentra el camino.

¿Y si dejaran de escribir las plumas?

“En este triste país, si a un zapatero se le antoja hacer una botella y le sale mal, después ya no le dejan hacer zapatos”, aseguraba Larra. Parece que ese haya sido el castigo para las estilográficas. Hay que saber cómo adaptar un currículum a un tetrabrik . Cada vez menos importa lo que se diga y cómo se diga. Lo importante es decir/hacer, mucho, mal y pronto. Larra advertía de vuelta: “Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído”.

En 1919, los periodistas españoles realizaron una huelga común. Las razones pueden encontrase en la novela ‘La Huelga de los poetas (1921)’ de otro de los periodistas mejor preparados de nuestra historia, Rafael Cansinos Assens; el hombre a quien Jorge Luis Borges llamaba maestro. Para Clemente, un día sin diarios levantaría las protestas de la ciudadanía hacia uno de los colectivos más denostados. Nadie en el gremio saluda a las estrellas en doce lenguas, ni presume de haber traducido “Las 1001 noches” al castellano desde el original. Hoy no viste la levita de paño azul con cuello negro, ni la camisa de hilo de Filipinas; pero quedan cerca los periodistas de entonces, que al acudir a una comida lo hacían con bolsillos de hule, para llevar muslos de pollo sobrantes sin manchar la dignidad ni el traje.

Como muestra el último párrafo del libro: “Quizá el papel se acaba para que la estrofa renazca en el aire sonoro (…), y repartido entre todos ese patrimonio peligroso de la inspiración, se tornará inofensivo, como ciertos venenos diluidos. Los proletarios enriquecidos por el trabajo van a recoger las liras de los poetas pobres. Yo ya les di la mía.”