Las semillas cautivas

Símbolo de símbolos. La semilla es el germen de cualquier cosa, de lo espiritual y de lo mundano. Dejando de lado lo intangible, pensemos en un mundo donde las simientes estuvieran monopolizadas por un Gran Hermano que controlara la alimentación. Una distopía que habita los terrenos de la ciencia ficción…

Las semillas cautivas

Símbolo de símbolos. La semilla es el germen de cualquier cosa, de lo espiritual y de lo mundano. Dejando de lado lo intangible, pensemos en un mundo donde las simientes estuvieran monopolizadas por un Gran Hermano que controlara la alimentación. Una distopía que habita los terrenos de la ciencia ficción y los fines de las multinacionales semilleras.

Cartel en inglés de 'El mundo según Monsanto'.

Cartel en inglés de ‘El mundo según Monsanto’.

Si alguien no ha visto todavía el documental ‘El mundo según Monsanto’ de la periodista de investigación Marie-Monique Robin, que se apresure porque la cinta reconstruye, con sudor y espanto, la biografía no oficial de esta compañía dedicada a la producción de semillas genéticamente modificadas. No es cuestión de alarmar, ni esto es un alegato contra los transgénicos. Más bien el intento de reconstruir un puzzle. ¿Son buenos o malos? Dudosos hasta que se demuestre lo contrario. El próximo sábado se celebra una protesta internacional contra Monsanto. Más de 35 países alzarán su voz contra el desarrollo de la semilla transgénica y la agresiva dominación del mercado mundial alimentario representado por esta compañía. Aunque no es la única. Este dudoso honor lo comparten también Syngenta, DuPont, Dow y Bayer. En Valencia se ha convocado la protesta en la Plaza de Manises a las 12 horas. Llegado el momento de plantearse la asistencia, habrá que poner sobre el tapete algunos ingredientes (libres de transgénicos).

Y esto nos lleva al inicio de la Historia. Es decir, al momento en que nos hicimos sedentarios y comenzamos a domesticar plantas y animales. La Revolución Neolítica, el inicio de la agricultura, representó un enorme progreso en el desarrollo de la humanidad: favoreció el incremento de la población e inspiró el desarrollo de nuevos útiles y técnicas. Nacieron el comercio, las comunicaciones y los sistemas de gobierno. “El origen de la ciencia escrita parece remitirse en última instancia al genio domesticador”, destacan Carlos Solís y Manuel Sellés en su ‘Historia de la Ciencia’.

El trigo y la cebada germinaron en Oriente Próximo; el arroz, la soja y el cáñamo en China; las primeras poblaciones mesoamericanas domesticaron el maíz, la calabaza y el algodón; de las tierras bañadas por el Amazonas brotó la patata y la mandioca; de la frondosa isla de Nueva Guinea, el plátano. Posteriormente, centenares de generaciones de agricultores determinaron enormes modificaciones genéticas en las principales especies de cultivos y animales que dieron como resultado los alimentos que consumimos hoy en día.

El origen de la biotecnología

El origen de la biotecnología, es decir, la utilización controlada de organismos vivos para obtener productos y servicios, se remonta, por tanto, miles de años atrás. Pero ha sido en los últimos 150 cuando este proceso se ha acelerado gracias al desarrollo científico. Especialmente desde la década de los 80, cuando irrumpieron las herramientas de la ingeniería genética. Ahora disponemos de los conocimientos fitogenéticos para realizar a propósito lo que en el pasado se hacía de forma empírica y contingente. Los agricultores y ganaderos, durante siglos, domesticaron animales a partir de los numerosos ciclos de selección de los individuos mejor adaptados. Este proceso ha dado lugar a las especies actuales, radicalmente diferentes de sus padres. En un cruzamiento tradicional, cada progenitor lega a sus descendientes la mitad de su estructura genética, con lo que se transmiten tanto las características deseadas como las no deseadas. Con la mejora de las sucesivas generaciones, estos rasgos no queridos se pueden erradicar. Pero este proceso de selección basado en el fenotipo puede ser muy largo y no siempre efectivo.

Campos de trigo en EE.UU. Foto: Center for Food Safety.

Campos de trigo en EE.UU. Foto: Center for Food Safety.

La biotecnología moderna comparte objetivo con la tradicional: producir cultivos superiores adaptados al ser humano. O como dice Javier Garrido en ‘Biotecnología, S.A. Una aproximación sociológica’: “La investigación y aplicación de la biotecnología dan continuidad a la motivación milenaria de la especie humana por conseguir un mayor rendimiento y calidad de los recursos vivos, incluido el hombre”. Sin embargo, las técnicas de la ingeniería genética son mucho más precisas. Como sastres, los biotecnólogos pueden cortar y pegar genes o fragmentos de ADN de organismos distintos y crear nuevas combinaciones desconocidas para la naturaleza. Los resultados se obtienen, además, en un período breve de tiempo (si se compara con los métodos tradicionales). Con las herramientas adecuadas, y tras ser revelado el secreto de la herencia, las posibilidades son ilimitadas.

Los escépticos dicen que los organismos transgénicos podrían traer nuevas alergias, transmitir enfermedades de los animales al ser humano a través de la alimentación, contaminar el suelo, reducir la biodiversidad con la transmisión de genes de cultivos transgénicos a otros no manipulados, romper el equilibrio ecosistémico, etcétera. El profesor y defensor de la nueva biotecnología, Emilio Muñoz, considera en ‘Biotecnología, Medio Ambiente y Sociedad’ que la difusión de estas amenazas por parte de los ambientalistas crea “desconfianza social” y asegura que “estas posiciones progresistas son, paradójicamente, profundamente conservadoras”.

Una madre dando de comer a su niño en Mauritania. Foto: Unicef/Pirozzi.

Una madre dando de comer a su niño en Mauritania. Foto: Unicef/Pirozzi.

Los transgénicos y el hambre en el mundo

Las entidades en favor de la aplicaciones biotecnológicas defienden que los transgénicos son muy productivos, ambientalmente sanos, mitigan el uso de agroquímicos y conservan la biodiversidad. Hay un argumento que, en su opinión, da legitimidad a este proceso y destaca sobre el resto: son necesarios para alimentar al mundo. Dicen que la gente tiene hambre porque existe poca comida y que la única manera de incrementar la producción es la biotecnología.

La FAO enarbola la bandera del “provecho universal” aunque insiste en mantener el principio de precaución. En el informe ‘La biotecnología agrícola: ¿una respuesta a las necesidades de los pobres?’ este organismo de la ONU asegura que entre los desafíos que enfrenta la biotecnología agrícola el más acuciante es “alimentar a 2.000 millones de personas más para el año 2030 partiendo de una base de recursos naturales cada vez más frágil”.

El argumento resulta un tanto inocente. Las causas del hambre no están relacionadas con la producción de alimentos sino con la pobreza. Más de 1.500 millones de personas en todo el mundo viven con menos de un dólar al día. Por tanto, existe un problema de acceso a la comida. Y también un problema de acceso a la tierra: las mejores hectáreas están dedicadas a la agroexplotación y producción de granos para animales. En concreto, siete de cada diez kilos de maíz se destina al consumo animal y no humano. “El hambre es prevalente en zonas donde existe un exceso de producción. Hoy en día existe suficiente comida, si fuera distribuida de forma racional, para alimentar a cada ser humano en el mundo con una dieta adecuada”, explica el profesor de la Universidad de California, Miguel Altieri.

«Existe suficiente comida, si fuera distribuida de forma racional para alimentar a cada ser humano en el mundo con una dieta adecuada», dice Miguel Altieri

Además, las compañías biotecnológicas se centran en la creación de productos destinados a los grandes mercados comerciales. Esto suscita bastantes dudas respecto a si las personas con menos recursos obtendrán alguna rentabilidad de las investigaciones que se están realizando. Desde hace más de 30 años, el sector privado ha tejido un poderoso oligopolio sobre la revolución genética en la que estamos inmersos. En la década de los 60, la llamada Revolución Verde catapultó a muchas compañías a la producción de pesticidas y fertilizantes a gran escala. Este hecho, unido a las nuevas técnicas de selección genética y a la explotación intensiva de monocultivos, contribuyó a incrementar la productividad agrícola. Aunque con un elevado coste ambiental y social, como se comprobó años más tarde.

La privatización de las semillas

Sin embargo, la era de los pesticidas se va apagando gracias a las críticas de algunos sectores y a las regulaciones de los gobiernos para evitar el vertido de productos tóxicos en el campo. Esto ha llevado a las multinacionales dedicadas a la venta de pesticidas a cambiar de estrategia y dirigirla, según Altieri, a “apropiarse del material genético con el fin de impulsar una nueva agricultura a partir de los transgénicos”. Las multinacionales productoras de fertilizantes han comprado las empresas de semillas y se han concentrado. Hace 35 años existían 7.000 diferentes empresas que compartían el mercado de semillas en el mundo. Hoy en día, tres grandes empresas controlan el 53% del mercado mundial, según un informe del Centro de Seguridad Alimentaria y Save Our Seeds.

Tres grandes empresas controlan el 53% del mercado mundial de semillas. Foto: Center for Food Safety.

Tres grandes empresas controlan el 53% del mercado mundial de semillas. Foto: Center for Food Safety.

“Ni el sector público ni el privado han invertido sumas importantes en nuevas tecnologías genéticas aplicables a productos como el caupí, el mijo, el sorgo y el tef, que carecen de interés comercial pero son fundamentales para suministrar alimentos y medios de subsistencia a la población más pobre del mundo”, sostiene el informe de la FAO. “Otros factores que impiden a las personas pobres acceder a la biotecnología moderna y beneficiarse plenamente de ella son la inadecuación de los procedimientos reglamentarios, la complejidad de las cuestiones relacionadas con la propiedad intelectual, el mal funcionamiento de los mercados, los sistemas de distribución de semillas, y la escasa capacidad nacional en materia de fitogenética”.

El sociólogo Javier Garrido ahonda precisamente en la inadecuación de los procedimientos reglamentarios y explica que el fundamento legal para la consecución de lo que este sociólogo denomina “el dominio privado/económico de la vida” se realiza a través de la concesión de patentes. Esto “revela la concepción implícita de que los genes creados por la naturaleza y su recombinación no constituyen un recurso público, un patrimonio común de la humanidad”, agrega. Empresas como Monsanto se dedican a diseñar semillas «nuevas» que patentan como propias (sí, la vida tiene propiedad intelectual). En consecuencia, los campesinos que compran semillas transgénicas deben renunciar con su firma a la ancestral tradición de salvar simientes para la próxima siembra. Hay más: si las transnacionales descubren que existen terrenos donde crecen «sus patentes» sin autorización (el polen no tiene barreras y contamina los campos adyacentes libres de transgénicos), denuncian a los campesinos por emplear semillas “patentadas”. Con el agravante de que si alguno de estos campesinos se dedica a la agricultura orgánica, sus productos ya no podrán ser etiquetados como ecológicos. De un lado o de otro, los campesinos siempre pierden.

Persecución académica

Altieri, ferviente militante contra de la producción de transgénicos y defensor de la agroecología, critica, además, la poca investigación académica dedicada a los riesgos de los transgénicos a causa de la presión del sector privado (como queda probado en el filme de Marie-Monique Robin sobre Monsanto). “Estos cultivos producen impactos ambientales de consecuencias graves (…) Poco se sabe sobre estos impactos pues no hay casi investigación sobre el tema. Primero porque no se financia, y segundo porque los pocos que hacen investigación son sometidos a una verdadera persecución académica por una gran masa de científicos financiados por las multinacionales”.

Hace 35 años existían 7.000 empresas que compartían el mercado de semillas en el mundo. Hoy en día, tres grandes empresas controlan el 53%

Pese a la opacidad y gangsterismo de las empresas semilleras hay datos que son incuestionables y han conseguido derrumbar algunos mitos sobre la presunta bondad de los transgénicos. Según Altieri, los cultivos genéticamente modificados condenan a los agricultores al monocultivo, a la homogeneidad genética y, por tanto, a la vulnerabilidad ecológica de sus sistemas. Existen en total unas 2.000 especies vegetales, sin embargo, el 91% de la superficie para agricultura en el mundo se dedica al monocultivo de granos (maíz, arroz o soja). Esto puede resultar muy productivo pero implica un coste ambiental y social muy alto. La diversidad genética, y esto es un paradigma de Darwin, es la base fundamental para la evolución y adaptación de los organismos vivos. El monocultivo, por tanto, se postula como uno de los problemas más significativos a los que se enfrenta la agricultura en la actualidad. Es difícil llegar a la conclusión de que el entramado empresarial biotecnológico puede ser la panacea del hambre en el mundo, ya que sus acciones se dirigen a fomentar el monocultivo, y por tanto, a eliminar las pequeñas y variadas chacras de los campesinos.

Imagen de la campaña 'No quiero transgénicos'. Foto: COAG.

Imagen de la campaña ‘No quiero transgénicos’. Foto: COAG.

Plagas, productividad y sanidad

En relación a la cuestión de si la biotecnología puede erradicar las plagas, el profesor de origen chileno también se muestra escéptico porque considera que los insectos y bacterias acaban por hacerse resistentes. Según explica, las pérdidas de cultivos frente a plagas son un 30%, la misma cifra que hace 50 años cuando había menor cantidad de insecticidas y avances científicos que hoy en día.

Por otro lado, un estudio elaborado por investigadores de la Universidad de Kansas concluyó que los transgénicos no son tan productivos como se pensaba. Según los investigadores, tras realizar una comparativa entre los productos tradicionales y los transgénicos en Estados Unidos durante tres años, los resultados dejaron boquiabiertos a los científicos cercanos a las empresas biotecnológicas. Los genéticamente modificados habían rendido mucho menos. La soja transgénica, por ejemplo, mostraba un 10% menos de productividad.

Y en lo que respecta al quebradizo terreno de la sanidad, la Academia Americana de Medicina Ambiental, tras varias investigaciones, señala que los alimentos genéticamente modificados representan “un serio riesgo a la salud”, por lo que exige con rotundidad una moratoria de los mismos. En este sentido, insiste en adoptar el «principio de precaución» hasta que «estudios independientes a largo plazo» avalen su uso para el consumo humano. Porque los resultados, según esta institución, sobre los transgénicos diseñados hasta ahora no resultan nada tranquilizadores. “Los GM representan un serio riesgo en las áreas de la toxicología, las alergias, la función inmune, la salud reproductiva, metabólica, fisiológica y genética”.

Gustavo Duch, en su interesantísimo libro ‘Lo que hay que tragar’, llega a la conclusión de que las únicas beneficiarias del uso de transgénicos hasta el momento son las tres o cuatro empresas que se han apropiado del mercado de las semillas. “En medio de la crisis alimentaria, con 1.000 millones de personas muriéndose de hambre, son ellas quienes han logrado un incremento de beneficios de hasta un 300% en los últimos años”.