Relatos que iluminan las sombras

Espera en un sofá de la cafetería del hotel Astoria, en Valencia. Las primeras luces del otoño se filtran, raquíticas, por la ventana. Su rostro queda parcheado en sombras, como los personajes de su último libro de relatos, ‘Técnicas de iluminación’. Eloy Tizón dirige el foco hacia la oscuridad de…

Relatos que iluminan las sombras

Espera en un sofá de la cafetería del hotel Astoria, en Valencia. Las primeras luces del otoño se filtran, raquíticas, por la ventana. Su rostro queda parcheado en sombras, como los personajes de su último libro de relatos, ‘Técnicas de iluminación’. Eloy Tizón dirige el foco hacia la oscuridad de los que pululan por su libro. Y la penetra.

El escritor Eloy Tizón en el Hotel Astoria, Valencia. Foto: Rafa H.

El escritor Eloy Tizón en el Hotel Astoria, Valencia. Foto: Rafa H.

De ese baúl de sombras saca un mundo sin amor, una felicidad desdichada, pero también una melancolía motivadora, extrae sensaciones, acordes verbales tocados desde escenarios recónditos, como un saxofonista que sopla escondido tras el follaje. Los relatos se espesan por la falta de acción. Sin embargo, cuando la cuchara entra en la boca la textura es líquida, clara. Se mantiene el sabor potente, denso, como cientos de páginas superpuestas que saben a literatura. En versales. Como toda su obra, traducida a diferentes idiomas e incluida en numerosas antologías. También en la Best European Fiction 2013.

Eloy Tizón (Madrid, 1964) publicó hace más de 20 años un libro, también de relatos, que se ha convertido en una obra de culto: ‘Velocidad de los jardines’ (Anagrama, 1992). Fue elegido por la revista ‘Quimera’ como «uno de los mejores libros de cuentos de la literatura española del siglo XX». Porque son relatos que nos hablan de sensaciones muy cercanas, con las que nos identificamos sin dificultad. Así pasó también con ‘Parpadeos’ (Anagrama, 2006), su segundo libro de cuentos. De igual forma ocurre con ‘Técnicas de iluminación’, editado esta vez por Páginas de Espuma. Y por eso se le considera uno de los mejores autores españoles de relato breve. Con bastante unanimidad.

En ‘Técnicas de iluminación’ el autor penetra más profundo si cabe. El fósforo alumbra pasillos oscuros que el lector ha transitado con miedo o que ha deseado nunca transitar. ‘Nautilus’, el último relato, es un fiel representante de pasillo indeseado y profundo. Y conjura ese dolor que amanece en la garganta y acaba implantado en todo el cuerpo. Como una metástasis de lágrimas. «Quiero pensar que en este último libro hay una madurez que no había en los otros. En este libro me he atrevido a mirar ciertas cosas que en los otros no tenía recursos para mirar, relacionados con la pérdida, con el dolor», asegura.

Todo empieza en el título del libro, que suena a manual de fotografía, con la lógica propuesta de iluminar toda la escena con una luz diáfana, aclarando las sombras en busca del máximo detalle. Enseguida nos damos cuenta de que la luz es dura y amarilla. «El título es irónico porque no se trata de una luz plana o simple, como de comedia. Los personajes están metidos en situaciones sombrías y dentro de esas sombras es posible encontrar algún pequeño hilo de luz. Coloco a los personajes en situaciones comprometidas y, a partir de ahí, veo cómo reaccionan para ver de qué pasta están hechos», explica Tizón.

«Deberíamos plantearnos qué es la felicidad y qué grado de felicidad podemos soportar», comenta Tizón

Los lleva tan al límite que dicen cosas como: «La felicidad sobreviene y es una crisis, una catástrofe, un rayo que calcina un árbol, una enfermedad fulminante para la cual no hay antídoto. La felicidad es un lugar solitario». ¿Qué es la felicidad?, le pregunto. «Parece que hay una imagen clara de que la felicidad es un lugar idílico, una fiesta continua, sin conflicto. Mi pregunta es: ¿cuánto tiempo seríamos capaces de aguantar este supuesto escenario? Probablemente muy poco. También deberíamos plantearnos qué es la felicidad y qué grado de felicidad podemos soportar. Con los extremos nos manejamos mal, bien por exceso de dolor o por exceso de dicha. Hay algo ahí que se nos rompe, eso es lo que me ha parecido interesante comprobar desde el punto de vista literario», responde. Y viendo la reacción de alguno de sus personajes, conviene asentir. Eloy Tizón parece de esas personas que suelen tener razón.

La nostalgia está presente en todos los cuentos, la melancolía es una caja de herramientas que ayudan a penetrar en la narración, a acercarla al lector. «Cuando uno escribe no se sitúa en lugar especialmente armónico, nos situamos en un lugar de una cierta incomodidad. Para escribir hace falta que exista algún desajuste con el mundo, no escribimos para decir que el mundo es un lugar idílico y maravilloso, escribimos para decir que en el mundo hay grietas y problemas».

Cubierta de 'Técnicas de iluminación'.

Cubierta de ‘Técnicas de iluminación’.

«Los cuentos de Tizón no cuentan, cantan»

Y es maravilloso el contraste que subyace entre ese dolor sordo de algunos relatos y la prosa tan musical del escritor madrileño. El talentoso escritor argentino Andrés Neuman dice que «los cuentos de Tizón no cuentan, cantan. No miran: parpadean». «Es una frase muy brillante porque Andrés es un escritor muy brillante», señala Tizón, «me gusta porque incide en dos aspectos que son esenciales. Por un lado, la musicalidad en mis textos tiene mucha importancia, trabajo mucho el lenguaje e intento que sean textos que suenen bien, casi desde un punto de vista musical. Por otro lado, está la mirada. La música verbal y la mirada quizá sean los dos elementos más definitorios de lo que escribo».

Y la innovación literaria, agrego. «Procuro no ser original por serlo, está bien probar cosas nuevas pero con algún sentido, al final lo que importa es que la historia transmita algún tipo de emoción, el vehículo para conseguir eso puede variar, puede ser un relato más poético, más humorístico, más realista, más fantástico, pero al final lo que no podemos perder de vista es que un relato transmite una emoción. Eso es lo básico», explica de forma didáctica.

Es su otra faceta: explicar y transmitir a sus alumnos de la Escuela de Escritores y Hotel Kafka todo su saber literario. «Es una experiencia que me gusta mucho. Te juntas con personas con las que compartes una pasión, la literatura. Todos estamos en el mismo punto. A partir de ahí se puede discutir, debatir. Intento no dar recetas sobre cómo escribir, simplemente lo que hacemos es hablar de determinados temas, del personaje y del conflicto, ver cómo otros escritores de estéticas muy distintas lo han hecho y vemos qué está más conseguido y por qué. Empiezas a ver los libros de otra manera».