«Si en algo se puede reflejar este mundo en el que estamos ahora, es en el Wonderland de Carroll»



Chema Cardeña ha adaptado y actualizado el clásico en ‘Alicia en Wonderland’ hasta el punto de hacerlo un fiel reflejo de la sociedad actual. Móviles, música y poner al espectador frente al espejo son los únicos trucos

«Si en algo se puede reflejar este mundo en el que estamos ahora, es en el Wonderland de Carroll»

Chema Cardeña es actor, director de escena, productor, profesor de actores y una de las almas de la compañía Arden Producciones y por extensión de la Sala Russafa, un centro de artes escénicas que tras cuatro años está asentado en una ciudad tan teatralmente feroz como es Valencia. “Cada año nos decimos que puede ser el último”, avisa Cardeña teniendo en mente la difícil tesitura del sector y sabiendo que se la juega con cada montaje.

Cardeña abre las puertas del teatro una mañana, tras acabar la clase de uno de los muchos talleres y cursos que Arden imparte para jóvenes, adultos y profesionales. Se la ha jugado con una nueva adaptación del cásico de Carroll, pero vaya si está funcionando ‘Alicia en Wonderland’, en cartel hasta el próximo día 11 de enero. Trasladando la historia a un espejo en el que se mira el espectador, los personajes clásicos sirven para que el patio de butacas reflexione sobre aspectos indispensables como la sanidad, la corrupción, la democracia o la cultura.

Un país de maravillas y selfis muy cercano

Selfi (así escrito, sin la e final) es la palabra del año según la Fundación del Español Urgente (Fundeu). La última moda sociotecnológica se adueña ahora también del patio de butacas en mitad de ‘Alicia en Wonderland’, cuyos protagonistas bajan a mitad de función a autorretrarse con un público tímido pero entregado a la última adaptación de una obra que no es como se espera.

Un sombrerero loco, un conejo que saca de quicio, una reina incongruente, un gato esquivo, un señor azul, una Alicia perdida… Todo es como Carroll lo había pensado pero con el toque actual que se le puede dar a una farsa llena de humor, guiños al espectador y mucha música. ‘Alicia en Wonderland’ lleva hasta el extremo la metáfora del viaje a través del espejo y obliga al espectador a ver una sociedad como la suya llevada hasta el absurdo de, por ejemplo, no haber hospitales porque a la gente no se le considera enferma, “solo se mueren y ya está”.

La música de clásicos de The Beatles, Rolling Stones, Lou Reed, Police, Abba e incluso Baccara marca el ritmo de una hora y media de dura reflexión. El espectador está casi obligado a empatizar con una Alicia becaria en un partido político, un Conejo que ansía cobertura para su móvil o un señor Azul, fumado para afrontar el mundo de Wonderland.

’Alicia en Wonderland’ parte del texto original de Lewis Caroll, pero llevando la historia hasta nuestros días de una forma muy directa y cercana.

Alicia siempre ha sido una historia que me ha parecido fascinante. Nunca he creído que fuera un cuento de niños. Una cosa es que el autor dedicara ese libro a una niña. Ahí entraríamos en un mundo oscuro, en el mundo oscuro de Lewis Carroll, que es muy personal.

¿De dónde parte la adaptación?

A mí me ha parecido siempre un libro muy difícil. Después del ‘Ulises’ de [James] Joyce, ha sido la obra que más me ha costado leer. De hecho, yo no me pude acabar el ‘Ulises’ de Joyce, lo reconozco. Esta obra es muy difícil y conforme más la lees, más capas tiene. Pero sí que me pareció que había utilizado un poco su Alicia, a parte de para su mundo interior y sus fantasías, para plasmar un poco la sociedad en la que vivía. Esa sociedad victoriana tan alejada del pueblo, con esa mitificación de la reina como casi si fuese Dios, esa sociedad con esa rigidez y esa falsedad que existía. Me pareció que era un vehículo estupendo para hablar de lo que nos pasa a nosotros ahora. Siempre lo intento y creo que el teatro debe ser un espejo, y nunca mejor dicho aquí, que refleje un poco lo que sucede. Lo que pasa es que tiene que reflejarlo teatralmente, utilizando la poética teatral. No se trata de hacer política, mítines o panfletos, se trata de reflejar. Es lo que hace Carroll y es lo que he intentando con la adaptación para que la gente se viese un poco en una situación que es única. Lo que está pasando en este país es de charanga y pandereta.

Es tan complejo el universo de Alicia que casi casa a la perfección con la situación actual.

Y con personajes tan esperpénticos y tan patéticos como los que tenemos. Sales fuera y hablas con cualquier persona, cuentas lo que está pasando y no se lo cree. Estos personajillos que tenemos que son capaces de hacer discursos que son más ininteligibles que los que hace Carroll. La excusa de Cospedal con el diferido está sacada de ‘Alicia en el país de las maravillas’. Es un poco la conversación del Sombrerero y el Conejo.

Son personajes tan estereotipados los que aparecen en los informativos que quizá la gente no se sorprende de ver su reflejo en una obra como esta.

Claro. Por eso fue un instrumento fantástico. Si en algo se puede reflejar este mundo en el que estamos ahora, sin duda alguna es en el Wonderland de Carroll. Todo es un sinsentido: al juez que intenta poner orden lo echan, a la gente que intenta hacer propuestas se la cargan… nada de lo que se cuenta en la obra es mentira. Está caricaturizado, llevado a la farsa. Me pareció que era la obra ideal para intentar reflexionar, porque otra cosa no puedes hacer.

No es una obra política, pero invita a reflexionar. Uno de los objetivos del teatro, que se había perdido y recupera en los últimos años.

Ha ayudado la situación. Ya nos pasó con la anterior obra que hicimos, ‘Revolución’. La reflexión final de Alicia es muy dura. Me daba mucho miedo ese final, me ha costado mucho el final de esta obra porque tampoco quiero dejar a la gente sin esperanza y descorazonada. Lo bueno es que la gente reacciona bien, no reacciona dramáticamente. A mí me parece muy dramático todo.

La gente ve reflejada su propia realidad pero sin una solución.

El problema es que yo no tengo la solución. Si la tuviese, igual me metía en política, cosa que no me apetece nada. Ni la tengo, ni la veo próxima. Ese es el problema.

¿El objetivo de la cultura debe ser aportar soluciones?

Alinearse nunca es bueno. El arte siempre ha estado enfrentado al poder y yo todo lo que he escrito siempre ha sido sobre el arte y el poder. La primera trilogía que hice (´La estancia’, ‘La puta enamorada’ y ‘El idiota en Versalles’) eran historias que hablaban del arte, quizá en el siglo XVI, pero totalmente trasladable a hoy, a la dependencia que el artista tiene del poder, a la instrumentalización que el poderoso hace del artista… Pero el arte y la cultura es malo que tengan un único color. Lo que sí cierto es que el arte y la cultura son solidarias por excelencia, tienen que serlo porque son algo para compartir. Ante la insolidaridad, el arte y la cultura tienen que reaccionar.

«Nadie tiene en cuenta la cultura, ni lo que viene ahora. Cuando oyes el programa cultural de Podemos, te aterra»

¿Luchas como las del IVA han hecho separarse más a poder y cultura?

Estamos completamente olvidados, ignorados. Nadie nos tiene en cuenta. No nos tiene en cuenta ni lo que viene ahora. Ni siquiera la esperanza de Podemos para la cultura es buena. Estamos aterrados. Cuando oyes el programa cultural de Podemos, te aterra. La propuesta sería acabar realmente con lo que queda para crear una infraestructura casi castrista de solamente teatros determinados, con determinada línea, con supervisión… En el momento en el que alguien pretende controlar la cultura, no empezamos bien. Nadie habla ya del 21% de IVA. Hemos pasado una sequía en la que se les perdonó a las fallas y a las obras de arte y se acabó. Nadie ha reivindicado más ese tema. Y tampoco es que sea el problema principal, vamos a ser realistas. El tema del 21% es que te obliga a subir los precios y a la gente le es más difícil poder tener acceso a la cultura. No sé hasta qué punto ese el gran problema.

La ecuación seguro que es más compleja.

Lo que pasa es que es un desprecio absoluto hacia nosotros. Este 21% es un castigo y una empresa personal del señor Montoro contra la rebeldía del sector, tanto del cine como del teatro y la danza. Es un castigo sobre el que no va a levantar el pie del acelerador, lo tiene clarísimo. Somos molestos y creen que no somos necesarios. No es que haya un divorcio, esto es muy difícil de recuperar. Han hecho una política cultural nefasta. Aquí en Valencia han destruido lo que era el mejor circuito teatral que había en España, con 80 plazas. Se han cargado todo el teatro público. Queda un teatro al servicio del poder, para elegir el quién, cómo, cuándo y dónde. A las salas privadas nos asfixian.

¿No puede ser que una parte del sector se ha dejado caer a base de inmovilismo?

Totalmente. El sector es débil y cada uno se busca la vida. Cuando te viene un regalo lo coges, y ese es el gran problema.

Venimos de una época en la que a las compañías casi se les invitaba a pedir una subvención para que dependieran de ella.

Es lo mismo, el tema de la subvención. Nosotros no necesitamos las subvenciones para vivir. La subvención te obliga es a cumplir con lo que ellos quieren que hagas. Nosotros lo que pedimos no es eso, sino que esta industria tenga un soporte. Las subvenciones existen en todos los sectores y nadie se plantea que la pesca, la agricultura o las industrias tengan subvención. Sin embargo, siempre aparece la subvención en la cultura. Yo me pregunto, por qué cuando sale el tema de cultura, enseguida el tema de la subvención. Que ellos han manipulado muy bien para decir “estos son unos vagos que quieren vivir del cuento”.

«El IVA es un castigo personal de Montoro contra la rebeldía del sector, tanto del cine como del teatro y la danza»

Pinta un panorama de difícil solución, pero la Sala Russafa puede ser un ejemplo de cómo arrancar un proyecto en plena crisis.

Aquí no había nada. Era un espacio completamente vacío en el que no había más que oficinas. Hubo que construir todo y todo se pudo hacer, en teoría, con una subvención del anterior gobierno. Una subvención que cuando empezamos la obra, se paralizó y no la hemos cobrado, ni la cobraremos. Nos dejaron empantanados con un proyecto de creación de nuevos espacios escénicos que ellos nos invitaron a hacer. Ocho espacios escénicos pasaron la prueba en España. Todos cobraron la subvención menos el único que había en Valencia. El resto curiosamente eran de lugares donde el PSOE todavía gobernaba. Nosotros dijimos, vamos a invertir pedir créditos y estamos intentando aguantar el proyecto cuatro años ya.

El enfrentamiento entre cultura y política no deja de ser llamativo.

El poder político que hay ahora mismo sabe que la cultura es enfrentamiento y estamos ante unos políticos que no admiten la más mínima crítica. Ni constructiva si quiera. Pero insisto, las alternativas que hay, cuando te sientas a hablar con ellos, no te convencen y te están diciendo cosas de hace 40 años. Lo que me sorprende es que el sector esté tan callado y tan dormido. O que esté esperando que llegue un milagro o que venga un mesías a salvarnos. Por eso ‘Alicia’ es un post-Podemos. La Reina Roja fue una Podemos, era la Muchacha Roja hasta que se convirtió en la Reina Roja. Ante eso me costaba ser optimista y opté porque el espectáculo fuera lo más amable posible.

La conexión con el espectador, desde luego, no se pierde en toda la obra.

Está y la gente te lo dice. Sobre todo la gente mayor, que es la más cañera. Me da esperanza pensar que la gente sí que está pensando en otras cosas. No sé lo que pasará políticamente y cómo se resolverá esto. Lamento no tener la euforia que otros tienen de que esto se va a acabar, que va a acabar el bipartidismo. Pero es el ciudadano el que tiene la sartén por el mango.

¿Qué mecanismos has utilizado para meter al público dentro de la obra?

La música y los móviles han funcionado muy bien, pero hay más cosas. La primera vez que el señor Conejo hace referencia al público y habla de la sanidad, la gente reacciona. El público es consciente de que lo que está viendo no es un cuento, es algo que está pasando. La música es parte de la memoria colectiva. Es un viaje en el que hay de todo. Y el rollo del selfi, que es el último punto de ego y de reafirmación que tiene esta sociedad. Al principio pensábamos que la gente se iba a tirar como locos a hacerse fotos. Y tardan muchísimo en sacar el móvil, cuando uno de los grandes problemas en el teatro es el móvil, que nunca lo apagan. A esas alturas de la función la gente ya sabe de lo que se le está hablando y hay empatía. No dejan de ver que somos actores pero se identifican con lo que está pasando.

¿Cada tipo de público empatiza en distintos puntos de la obra?

Para nosotros como actores está siendo un experimento sociológico brutal. También hay gente que se ha molestado. Pero de eso se trata. Cada uno es libre de dar su propia interpretación. Estoy encantando de que vengan de todos los colores al teatro, que se enfaden o se enojen, pero que les pase algo. La misión es esa, sacudir un poco.